Un rato en Carlos Rojas

No hace mucho fui a Cuba, a mi natal Jovellanos, municipio en el centro de la provincia de Matanzas. Seis kilómetros al norte está Carlos Rojas, población a la que también me unen vínculos muy estrechos… 

                                                               **** 

El penúltimo día de mi corta estancia en Jovellanos, pasado el mediodía, voy al final de la Calle Alcalá,  la actual Avenida 10,  sitio ideal para conseguir en qué trasladarme hasta Carlos Rojas.    

A los pocos minutos se acerca un camión de carga norteamericano de mitad del siglo pasado. Es de un particular que lo ha convertido en transporte de personal. La sección trasera, destinada a los viajeros, tiene bancos de madera a ambos lados y otro en el medio; posee cubierta protectora que permite la entrada del aire y poder mirar hacia fuera; conserva buena presencia y funciona de maravilla; difícil imaginar cómo se las arregla su dueño para lograrlo. Aunque viene lleno, se detiene, recoge a los que esperamos en la esquina. Alcanzo apretado espacio, de pie, en la escalerilla de la única puerta que sirve de entrada y salida. Me cobran un peso en moneda cubana hasta el poblado vecino.

 Salimos a la carretera. Cerca del elevado sobre la línea del Ferrocarril Central, en las inmediaciaciones de Madan, se detiene el vehículo para montar a personas que aguardan a la orilla del camino. Cedemos espacio y a duras penas logran entrar. Me obligan a rebasar el peldaño superior de la pequeña escalera y quedo aprisionado contra la parte trasera.     

Durante el trayecto admiro el entrañable paisaje; lo comparo con mis recuerdos, como si al cabo de tanto tiempo pudiera determinar algún parecido o diferencia en el verdor de los árboles, la configuración del terreno… Respiro profundo, mis pulmones se llenan del aire de la ruta tantas veces recorrida en mi juventud.     

La emoción me hace perder la noción del itinerario, pero logro reaccionar y alerto mis sentidos, no quiero desperdiciar la oportunidad de ver el rincón al cual de pequeño mi padre me trajo a pescar varias veces. Por fin, a la derecha, tras alto platanal y algunos árboles observo con dificultad el puente del ferrocarril sobre el río Cimarrones. En instantes, al cruzar sobre el viaducto en la misma carretera, compruebo que el  cauce por donde antes corrieran las aguas está seco y desbordado de vegetación.     

Tras andar otro trecho nos volvemos a detener, esta vez para dejar algunos pasajeros y recoger otros. Casi todos realizan el viaje en silencio, prevalecen las caras adustas, unos pocos intercambian breve saludo.     

¡Al fin entramos a Carlos Rojas!  Al pasar frente al cementerio el pesado carro aminora velocidad hasta frenar suavemente. Es la primera parada dentro del poblado. Me bajo. El día está claro, sol fuerte con algunas nubes, hace calor. Por suerte corre la brisa. Han pasado más de 30 años, estoy de nuevo en Cimarrones* y me doy el gusto de caminar por sus calles.     

Retrocedo unos pasos, voy a la acera opuesta y llego al camposanto. Visito la tumba de familiares. Luego retomo la vía para encaminarme al centro del pueblo; pasa a mi lado el transporte en el que llegué, regresa repleto de pasajeros.      

Es un martes del 2010, pasadas las 2 de la tarde. Mientras camino miro a izquierda y derecha. La imagen exterior de las viviendas muestra las implacables huellas del tiempo y la falta de mantenimiento, son muchas con evidente deterioro, aunque a varias les han hecho arreglos. Veo pocas personas; se percibe paz y  tranquilidad, al menos en apariencia.     

Recorro algunas cuadras. Antes de llegar a la siguiente  intercepción voy a la acera opuesta. Casi estoy en el corazón de la villa. Tengo ante mí una vista frontal del cine, parte del parque y la extensión de la calzada hasta el Comedor Popular.     

La hermosa entrada principal del parque. Foto del 2010.

Paso el cruce de calles, avanzo, tengo una perspectiva de la escalinata que le sirve de entrada principal al arbolado sitio recreativo.  Acertaron en su diseño y construcción. Es bonita y ofrece amplio acceso al propio parque y al busto de José Martí situado detrás. Sin embargo, las altas luminarias, garantía de su alumbrado y contribución al realce de su belleza, están rotas, sin bombillos; en el área debe reinar la oscuridad durante la noche.     

En Carlos Rojas. El nombre del Generalísimo Máximo Gómez en la usual identificación de nuestras calles en el pasado. Foto del 2010.

Me aproximo al punto en que coinciden las vías principales del pueblo. Hoy se les designa con los  números 10 y 11, pero una llevó el nombre del Generalísimo del Ejército Libertador, Máximo Gómez, por la cual  transito desde que bajé del camión, y la otra el del Apóstol de la Independencia, nuestro José Martí.     

En Carlos Rojas. El nombre del Apóstol de la independencia José Martí en la usual identificación de nuestras calles en el pasado. Foto del 2010.

Aun permanecen los gloriosos patronímicos enmarcados en pequeños letreros sobre las paredes del lugar. A Carlos Rojas le ocurre lo que a Jovellanos, los insignes nombres de patriotas y otras figuras ilustres que llevaran con orgullo nuestras calles fueron cambiados por dígitos,  dejándolas vacías del significado histórico al que convocaran.     

El cruce de calles más importante y recordado del pueblo. Foto del 2010.

Cruzo la intercepción. Donde  estuvo el Fruticuba ahora funciona lo que parece ser una cafetería o restaurante que opera en chavitos; dos empleados conversan entre ellos y me permiten que desde su terraza tome una foto a las memorables cuatro esquinas de este pueblo. 

Continúo por la derecha de la Máximo Gómez . Paso ante un local rodeado de alta cerca peerless apoyada en columnas metálicas rematadas por estructuras en forma de Y por las cuales corren hileras de grueso alambre de púas; semejante al vallado de un campamento militar o una cárcel. Según  el letrero que lo identifica pertenece a las llamadas Tiendas Panamericanas de la red minorista de la Corporación CIMEX. Rigurosa la seguridad de un sitio que atesora objetos de mucho valor.     

Unos pasos más y en el lado opuesto está la casa  a la que acudí en el pasado para visitar a mi novia, después mi esposa y madre de mi querido hijo. A su costado permanece el espacio que la separa del recinto que albergó hace más de media centuria a la Jefatura de la Policía Nacional, posteriormente acogió a un organismo llamado la JUCEI y en la actualidad es la OFICODA (oficina gubernamental que controla a todos los ciudadanos y sus libretas de racionamiento) en cuyo portal hay dos mujeres que conversan entre ellas y me miran curiosas.     

Adelanto hasta una vivienda próxima; tiene cerradas la puerta y las ventanas que dan a la calle. Deseo saludar a una persona. Toco en la entrada, la llamo por su nombre. Repito el llamado y nadie responde.     

Mas allá, en la acera contraria, por donde alguna vez existió la carnicería de Papito Terán, hay un grupo de señores en un portal que juegan al dominó; desde allí uno de ellos me dice en voz alta:     

– Usted busca a …. – dice un nombre. Al escuchar mi afirmativa respuesta añade:     

– Ella está al lado.- Y señala el sitio. 

Le doy las gracias y sigo su indicación. La casa tiene la puerta abierta; varias señoras conversan animadamente en la sala. Al verme en el umbral me miran expectantes. Saludo, pido disculpas y les pregunto por la persona que busco. Una del grupo me dice que había estado con ellas y probablemente ahora esté al lado, en su propia casa. Contesto que recién estuve allí, la llamé y nadie respondió. Casi a coro me dicen que entonces no saben, les agradezco y me retiro.     

Una imagen de la antigua Máximo Gómez desde el lugar en que estuviera el Juzgado hacia el norte. Foto del 2010.

Al volver sobre mis pasos cruzo a la otra acera, ante el clausurado inmueble que más de medio siglo atrás ocupara el desaparecido Juzgado Municipal. Miro a lo largo de la antigua Máximo Gómez en dirección a San Joaquín. Llama la atención detrás, a la izquierda, una edificación que posteriormente me aclaran es la oficina de las TRD (Tiendas Recaudadoras de Divisas) CARIBE; veo a quienes continúan con su entretenido dominó y la parte delantera de un pequeño camión blanco – debe ser de la TRD -, atravesado a mitad de la rúa con la tapa del motor abierta y alguien que al parecer trata de repararle algún desperfecto;  notorios varios huecos o baches profundos en el pavimento.     

Alcanzo el portal del Comedor Popular, está abierto, en su interior hay personas que por su vestuario deben ser empleados y otras sus probables clientes, aunque nadie ocupa alguna mesa o consume alimentos o bebidas. Escrito a mano en papel pegado a una tabla aparece un modesto menú, quizás fue la oferta del almuerzo.     

Desde el portal de la parte frontal del Comedor Popular una vista de la antigua Máximo Gómez hacia el sur. Foto del 2010.

Desde la porción frontal del establecimiento dedico una mirada a la antigua Máximo Gómez en dirección a Jovellanos. Es una vista que me trae muchos recuerdos: el parque, algunas casas de familias, entre ellas las que habitaran o aun utilizan las de apellidos Mulet, Sartuntún y Chaluja; el antiguo Bar de Paquito, la maltrecha y cerrada edificación que antes fuera el cine y la actual farmacia; varios autos viejos arrimados a las orillas, detrás un camión con su remolque en una vía perpendicular; más allá el cine, otras viviendas y el punto en el que la propia calle desaparece en una curva. Por la izquierda viene un auto moderno, de una empresa del gobierno, se detiene cerca de la esquina, baja una linda muchacha, el chofer permanece en el automóvil.      

El tramo más importante de la antigua José Martí. Foto del 2010.

Tomo por la antigua José Martí, en otros tiempos la calle Real, la principal del pueblo. Contemplo el Correo y la casa que perteneciera a la familia García-Curbelo convertida en el Policlínico. Lo más importante son las personas que caminan por la acera, otras que disfrutan la brisa acomodadas en un banco, algunas que esperan ser atendidas en el Policlínico, varias conversan en un portal, también circula un bicicletero; es la apreciada gente de Cimarrones.     

Cumplo uno de mis deseos, pasear alrededor del parque. Predominan el verdor y la frondosidad de algunos árboles, otros están secos; numerosos bancos presentan roturas y algunos son puros esqueletos metálicos; confirmo el pobrísimo trabajo de jardinería y que no existe una sola luminaria en buen estado. Paso frente al llamado Círculo Social, principal centro de entretenimiento del pueblo; está cerrado y su apariencia exterior pone en duda su capacidad de distracción a los ciudadanos. Ya tengo a mi derecha el costado del cine, delante el cruce de las calles Calixto García y Máximo Gómez, y el sitio que llamaran el INDER. 

En Carlos Rojas. El Monumento a las Madres, un lugar sagrado. Foto del 2010.

Al llegar al referido cruce tuerzo a la izquierda y me detengo ante el Monumento a las  Madres. Lo examino con interés. Se debe cuidar mejor. El gesto maternal de la mujer que sostiene en brazos a su criatura es emotivo, me trae el querido recuerdo de mi propia madre y el de otras a las que nunca olvido. Hacen bien los carlosrojenses en rendir honor, en tan céntrica zona, a la más sublime de las expresiones humanas, la maternidad, tributo a nuestras propias madres.     

Al idear esta visita me propuse disfrutar de este parque desde uno de esos bancos dejándome llevar, con toda intención, por la evocación del pasado. Quiero darme ese gusto aunque sólo sea unos instantes. Entonces elijo el punto desde el cual lo haré. Hacia allí me encamino; siento una fuerte emoción.     

<< Voy acompañado de mi novia; vamos tomados de la mano… llegamos a la entrada principal. Remontamos pausadamente la breve escalinata. Damos unos pasos a la izquierda y nos acomodamos en el banco. Nos miramos sonrientes, felices de estar juntos; conversamos…   >>   

Sentado en el banco me quito la gorra, siento en el rostro la frescura del aire que corre; extiendo los brazos a los lados, estiro las piernas, mi cuerpo se relaja.  No estoy cansado. Doy rienda suelta a los recuerdos… Inmerso en la magia del extraordinario momento, miro detenidamente a todas partes, busco llevarme en la memoria todo lo que una representación fotográfica jamás podrá abarcar…  Creo que lo pude lograr, porque hasta hoy me parece estar sentado allí, ante el magnífico paisaje, junto a mi novia, dándole un furtivo beso en público, viendo a la gente pasar, casi olvidados del mundo… Entonces pienso una vez más que el parque de mis añoranzas, el de aquel tiempo, con el que ahora sueño, era realmente mucho más hermoso… Tengo que hacer un esfuerzo para regresar a la realidad.     

El conjunto escultórico con el que los carlosrojenses rinden tributo al Apóstol desde 1924. Foto del 2010. 

Muy próximo está el busto del Apóstol, me le acerco. Esculpido magníficamente en mármol miro cuidadoso su rostro y el traje que viste. Concluyo que es una réplica precisa de uno de sus retratos más famosos. Debajo, fijado en bronce, el escudo de la República de Cuba; un texto en la parte inferior dice: José Martí. El Ayuntamiento de Carlos Rojas, más abajo, Octubre de 1924. Es un trabajo escultórico meritorio; pronto cumplirá 86 años. Siendo lugar significativo del pueblo y por lo que simboliza, esta obra requiere atención, que se le restaure y se le rodee de rosas blancas, las predilectas del Maestro.      

Casi al marcharme recuerdo que en ocasiones escuché elogios acerca de un médico de la localidad. Decido ir a la esquina de la Antonio Maceo y la Calixto García… Sí, éste es  el lugar. En la pared de la casa situada al sureste del cruce de calles hay una placa con su nombre y su título profesional. En el portal, de pie, junto a la puerta de la vivienda, una señora me ve llegar. Viste de manera corriente, no es joven y no tiene maquillaje en el rostro, pero su presencia física, sus rasgos y su porte sereno y elegante obligan a imaginar que en su juventud debió ser muy bonita.      

En la parte frontal de la casa de la familia Iglesias-Espino, la placa del Doctor Julio Iglesias Vasallo. Foto del 2010.

La saludo y le digo quien soy, le hablo de mi esposa y su familia, quienes vivieron muchos años en el pueblo. Me dijo conocerlos y refirió su estimación por uno de mis cuñados, maestro de sus hijos en la escuela primaria. Le expreso la razón por la cual acudí hasta allí y le pido permiso para fotografiar la placa. Entonces me dice su nombre, que es la viuda del Doctor Julio Iglesias Vasallo, que podía hacer la foto; le agradezco y procedo. Conversamos un poco más. Mientras guardo la cámara en su estuche le manifiesto mi gratitud a la amable señora, me despido y le aseguro, como me lo pidió, saludar en su nombre al maestro de sus hijos. 

El camión en el que vine ya está frente al Correo, hay numerosas personas a su alrededor. Voy hacia allá. Escucho llamar a los pasajeros. Espero a que monten los que me anteceden. Cuando llega mi turno todavía hay sitio en los asientos; ocupo espacio a mitad del lateral derecho. Allí, sin contratiempos, hice un tranquilo viaje de regreso a Jovellanos. Todo salió bien. Estuve poco más de una hora, un rato en Carlos Rojas. 

* Cimarrones. Designación que ostentó Carlos Rojas hasta la primera década del siglo XX. También es el nombre del río que serpenteaba al sur de este pueblo y permanece seco desde hace tiempo.  Viene de la palabra “cimarrón”, empleada en Cuba para llamar al esclavo fugitivo que se escondía en los montes en busca de libertad.Ver en este blog el artículo: “Carlos Rojas: el más cercano y querido vecino.”

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6 comentarios en “Un rato en Carlos Rojas”

  1. Julia Says:

    Hola Jorge, mi nombre es Julia, me ha emocionado muchísimo usted con este comentario y la foto que tomó de la casa del Dr Iglesias… Yo soy la primera hija del Dr Iglesias, me fui de Cuba pequeña, ya mis padres estaban separados y él tenía dos hijos con esa señora que comenta en su escrito, su nombre es Hilda. Nunca tuve mucha comunicacion con él, hasta los últimos dias de su vida en que le rogó a sus hijos buscar mi número de teléfono para hablar conmigo por última vez, falleció poco después….. Nunca habia visto la placa, puesto que nunca más regresé a Cuba, mis hermanos son, los dos, Doctores en Medicina y me comunico con ellos de vez en cuando, los dos andan fuera del país ahora mismo, uno en Venezuela y la otra en Africa… Gracias le doy por haber puesto esa foto, ojala y le hubiera tirado más fotos a la casa, aunque yo me recuerdo muy bien de como era su clínica, donde residió hasta su muerte…Atentamente, Julia R.

  2. yanisleidys Says:

    Qué recuerdos tan lindos, estoy muy emocionada, eso es precioso.

  3. yanisleidys Says:

    Cuánto daría por caminar por esas calles, visitar a mis amistades; qué emoción al ver esas fotos; cuántos recuerdos gracias al autor.

  4. Eusebio Says:

    Hola, mi nombre es Eusebio Hernández Carbot y según me han dicho estoy emparentado con el dr Carbot de Carlos Rojas, Alguien me puede decir cómo se llaman sus hijos, por favor?. Gracias


  5. Mi nombre es Jorge Suarez, aqui les dejo algo de carino del Pueblo de Carlos Rojas, El Website Official


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