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Los Ferrocarriles en Jovellanos (III-Final)

octubre 10, 2010

En la Línea de Colón. Junto a la cerca de seguridad mi hermano Nelson y mis primos José René y Rogelio. Detrás parte de la casa de mis abuelos paternos y al lado la del señor Domingo Arrieta. Foto de la década de los 60.

Mis abuelos vivieron en las cercanías de la línea del ferrocarril. Manuel y Agueda – padres de mamá – en una esquina de la coincidencia de las calles Colón y San Ignacio; Miguel y Celia – padres de papá – próximos al citado lugar, a orillas de la Línea de Colón o calle San Felipe, casi esquina a San Fernando. En ambos sitios  transcurrió gran parte de mi infancia.

Las hermanas más jóvenes de mi madre me llevaron muchas veces a la línea del ferrocarril para ver pasar el tren, mi atracción

En la Línea de Colón. Sentados en la vía férrea. Al centro mi hermano Nelson con nuestros primos Reynaldo, Rogelio, Albertico y Dieguito. Detrás la casa de mis abuelos paternos y la de mi tío Alberto con su familia. Foto de la década del 60.

principal en aquel tiempo. No conforme con mirar el paso de uno, muchas veces las hice permanecer allí por largo rato para satisfacer mi deseo de esperar hasta ver transitar el siguiente. Cuando regresábamos les  pedía que me  dibujaran la locomotora de vapor y el ténder o vagón especial donde transportara el combustible y el agua para su propio consumo. Al cabo de unos años aprendí a pintarlos por mi mismo, fueron mis dibujos preferidos de la niñez.

Mis padres nos llevaban a mis hermanos y a mí a visitar  a mis abuelos casi todos los sábados o domingos. Generalmente lo hacíamos a pie. Se convertía en un paseo por una parte muy querida del pueblo.

Una imagen de la antigua Estación de Trenes de Jovellanos ahora destruída. Foto 2010.

El recorrido lo realizábamos desde las calles Emilio Cueto o José Cadenas, andábamos varias cuadras hacia el este, pasábamos por el costado y la parte trasera de la Jabonería en dirección al Callejón de los Perros, pero torcíamos al sur por la misma línea del ferrocarril, atravesábamos los andenes de la Terminal de Trenes y nos dirigíamos nuevamente al este por toda la vía hasta llegar a nuestro destino.

Era una caminata un poco larga, obligaba a un esfuerzo físico estimulante y constituía motivo de alegría por la posibilidad de encontrarnos con familiares y amigos en un ambiente de juegos y travesuras. Niños al fin, marchábamos por la vía férrea dando saltos de polín en polín – de traviesa en traviesa – o tratando de hacer equilibrio sobre los rieles; mirábamos curiosos los puntos de mayor interés, como las casetas de los guarda-agujas, los entrecruces de las líneas para el cambio de vías, el sistema de señalización, el fondo del frigorífico y la propia Terminal de Trenes. Recogíamos y tirábamos piedras del balasto del terraplén de la vía. A veces  venía a lo lejos algún tren a nuestro encuentro y con tiempo suficiente nos bajábamos de la línea para protegernos.

A lo largo de esta ruta vivían muchas personas pobres, el aspecto de sus viviendas  confirmaba sus escasos recursos. A nuestro paso saludaban con evidente aprecio a mi padre quien les respondía con igual afecto; este hecho se repetía en estas caminatas, es un recuerdo que  me proporciona profunda satisfacción. Entre aquellas personas muy humildes recuerdo a Gallego Joroba’o, su esposa Pucha y sus hijos Aida, Api y Mamaína, (perdón por no recordar sus nombres verdaderos); a Mariano, Isacc y Margarito; a la familia Cuesta; y muchos más cuya presencia vive en mi memoria, pero al cabo de tanto tiempo no logro recordar sus nombres; todos ellos gente buena de mi pueblo.

En la Línea de Colón, muy cerca de mis abuelos paternos tenían sus

La que en el pasado fuera la casa de mis abuelos paternos, una vista actual. Foto 2010

viviendas, junto a sus esposas e hijos, mis tíos Diego, Alberto y Alfredo, con este último vivían sus suegros Simón y Chonita. Cuando visitábamos ese lugar, de hecho, se reunía un grupo considerable de la familia por la parte de mi padre; también acudía su hermano mayor, mi tío Carlos con los suyos, quienes vivían no muy lejos, en la calle Maceo. En oportunidades venían otros allegados desde Carlos Rojas, Nueva Luisa, Tingüaro y algunos que residían en La Habana, estos últimos durante sus vacaciones y en las festividades de Nochebuena y Año Nuevo. Muy cerca también vivía Secundina Herrera, tía de mi madre, con sus hijos Andrés, Rosa, Lola y Virginia. En las cercanías, por San Fernando, entre Real y San Ignacio, tenía su casa Tomás Gómez, tío de mi madre, con su esposa Josefa y sus hijos. Todos ellos parte de mi querida familia, a quienes recuerdo con cariño.

Allí nos reuníamos con numerosos primos y amigos de nuestra edad,  con

En esta casa vivieron mi tío Alfredo con su esposa Emilia, sus hijos Alfredito, Dalia, Pompeyo y José René, y sus suegros Simón y Chonita. La casa era totalmente de madera y el portal no tenía barandas. Conserva totalmente la silueta del pasado. Foto 2010.

quienes pasábamos un día de total esparcimiento en los alrededores de la línea y por los patios de varias de las citadas viviendas desde los cuales se extendían nuestras andanzas hacia las fincas de los señores Domingo Arrieta y Gabriel Martínez, territorios colindantes. Deambulábamos por las guardarrayas y las cercas de los linderos, muchas de ellas de piedra, piña de ratón, abrojo, cardón y diferentes árboles entre los que abundaban el almácigo, el mango y el marañón; nos adentrábamos en las arboledas donde pululaban las matas de naranja, mandarina, lima, guayaba, caimito, guanábana, mamoncillo y otras. Con esas frutas calmábamos el hambre y la sed, en ocasiones las cogíamos con el permiso de los dueños, pero las más de las veces sin autorización; en el grupo siempre había más de uno que con habilidad trepaba a las matas y las tumbaban para el disfrute de todos.

Por esos lugares cazábamos pájaros con jaulas hechas de güin de caña y varetas sacadas de las pencas de la palma o las matas de coco. También llevábamos tira-piedras con los cuales  abusábamos sin ningún sentido de las vijiritas, tojosas y otras aves pequeñas; fue un mal proceder de aquellos tiempos. Por las arboledas y tupidos matorrales que en la actualidad no existen porque en esa zona se construyeron edificaciones multifamiliares y se ha convertido en un reparto residencial, también jugábamos a los vaqueros e indios y tratábamos de imitar a los héroes de aventuras que se trasmitían en populares programas de radio como Los Tres Villalobos, Leonardo Moncada, Tanganika y Taguarí, entre otros. En uno de esos juegos, mientras trepado a una mata de güira me esforzaba por semejar las acciones de uno de aquellos  personajes, resbalé, mi pierna izquierda quedó atrapada en el empalme de una gruesa rama con el tronco del citado árbol y sufrí una delicada fractura. Gracias a la alta profesionalidad de la medicina de mi pueblo en breve tiempo quedé perfectamente bien.

En la Línea de Colón. Ante el cercado y el portón de la pollería de Martín, los hermanos Nelson, Ada y Jorge (el autor). Foto tomada por Antonio “Chichí” Génova en Enero de 1958. 

Recuerdo cuando una parte considerable del hermoso palmar de la finca del señor Arrieta fue desmontado y nos dimos el gusto de armar campamentos, escondites y realizar diferentes juegos aprovechando los grandes troncos de las palmas y las numerosas pencas en el suelo. En aquel lugar se construyeron varias naves o barracas para la cría de pollos. Entre los muchachos empezamos a llamar el lugar la pollería de Martín (su apellido, Duffaud).

En Línea de Colón o San Felipe y su

coincidencia con la calle San Fernando se destacó el punto donde estuviera la llave pública, casi al frente de un pequeño kiosco que existiera en aquel tiempo propiedad de un señor llamado Silvino.

Es la esquina de las antiguas San Fernando y Línea de Colón o SanFelipe. Allí estuvo la llave pública. Foto 2010.

Pobladores de la zona acudían al lugar a buscar agua en vasijas o depósitos de diverso tipo porque  diferentes viviendas no tenían instalado ese servicio y muchos de los fiñes que correteábamos y jugábamos por los alrededores apagábamos la sed bajo el chorro de la pródiga llave.

En aquel pedazo de mi pueblo habitaron o aun viven otras  personas, además de las mencionadas, a las cuales tomé afecto, entre ellos Papito (quien trabajaba en la finca del señor Arrieta); Juan y Secundina, padres de Margarita, una compañera de la escuela; Víctor y su familia, un señor que realizaba la dura labor de reparación y limpieza de las vías ferroviarias; la señora Pancha y sus nietos Gabino, Kinke y sus hermanas; la familia de los Conguitos, la de los Beruvides, la de los Fuentes, la de los Pena y muchas otras que no recuerdo.

Donde existieran la Línea de Colón y San Felipe, desaparecieron el alto terraplén de balasto y la vía férrea. Hoy es la calle 9A. Foto 2010.

Además de mis primos compartíamos con numerosos muchachos de la Línea de Colón, entre ellos Minino y su hermano mayor (ambos de la familia de apellido Cuesta); Ezequiel (de los Beruvides); Kinke (nieto de Pancha); Crecente, Vicente y Juanci (de los Conguitos) y muchos otros. Jugábamos, peleábamos, nos tiramos piedras y hacíamos  travesuras.

Otra vista de la calle 9A. En toda el área donde se ven los árboles echábamos tremendos “pitenes” de pelota. Foto 2010.

Fueron muchos los pitenes de pelota; el juego a las bolas, las chapas y a los botones, a tirar trompos, empinar chiringas y papalotes. Escaseaban los juguetes, pero la inventiva de los que menos tenían era extraordinaria. Fue a los Conguitos a quienes vi preparar con suma habilidad sus maravillosos trenes de latas de sardinas que echaban espesa humareda por la chimenea de sus locomotoras; muchas veces traté de imitarlos, aunque nunca los pude igualar.

Pero lo más atractivo para todos, incluyo a las personas mayores, era el majestuoso paso de los trenes. La principal circulación del ferrocarril de mi país desfilaba frente a la casa de mis abuelos, por la Línea de Colón. Todo lo que estuviéramos haciendo, por entretenido o interesante que pudiera resultar para quienes jugábamos y retozábamos a gusto, se interrumpía para ver pasar las imponentes y ruidosas máquinas que vomitaban gruesos penachos de espesa humareda negra y arrastraban largas y pesadas caravanas de carros, algunos de pasajeros, otros cargados de mercancías de diverso tipo con sus coches o vagones especializados para transportar ganado, arena o piedra, combustibles (petróleo, gasolina, gas, aceite) y  otros productos. Nos quedábamos embelesados mirándolos pasar, admirados ante el poderío de aquellas máquinas y los convoyes que arrastraban.

Un día apareció un nuevo tipo de tren para transportar pasajeros. Llamaba la atención por su porte y velocidad. Empezó a circular a diario para cubrir la ruta desde La Habana hasta Santiago de Cuba y viceversa. Le llamábamos el gascar, era un grupo de 4 a 6 coches especiales: modernos, elegantes, plateados, con sus grandes ventanas cerradas herméticas para conservar el refrigerado aire acondicionado que disfrutaban en la comodidad de sus asientos los pasajeros. Curiosamente no necesitaba de las locomotoras que acostumbrábamos a ver en otros trenes porque disponían de un coche de igual apariencia a los demás con potente motor eléctrico, el cual además de llevar a sus propios pasajeros, era capaz de arrastrar los coches restantes a gran velocidad.

La mayoría de los vecinos aledaños a la vía férrea respetaban y temían a la inusual rapidez del gascar, más aun por los rumores de que por tal o mas cual lugar alguna persona que transitara por la línea no tuvo tiempo de evadir su embestida y perdiera la vida. Cuando alguien gritaba… ¡Allá viene el gascar!, muchos salían a llamar a sus hijos y advertían a todo aquel sobre la línea o dispuesto a cruzarla a que bajaran de la misma y no se atrevieran a pasar. Para los muchachos era todo un acontecimiento ver el imponente grupo de coches plateados acercarse desde el este y reducir su velocidad ante la proximidad de las vías de enroque de la Estación de Ferrocarriles de mi pueblo, donde a pesar de la premura en sus horarios de viaje, el gascar se detenía para recoger algún viajero y facilitar a los miembros de su tripulación y pasajeros la oportunidad de adquirir las famosas costillas de cerdo empanizadas, las mejores de Cuba, en la Cafetería del lugar.

Peligrosa travesura realizamos con frecuencia varios muchachos, incluyéndome, cuando al escuchar a lo lejos el inconfundible pitazo que emitía el gascar anunciando su cercanía y los gritos de advertencia de que nos bajáramos de la línea, corríamos hacia el alto terraplén de la vía y poníamos piedras de balasto sobre los rieles. Con el tren bastante cerca nos alejábamos rápidamente para ver como las poderosas ruedas de acero del primer coche las hacían polvo bajo su aplastante avance. Por este hecho mis mayores me llamaron la atención y merecí ser castigado.

En tiempo de zafra nos complacíamos con el paso de los trenes cañeros. Casi

Para el recuerdo: un tren cañero (en una zona no precisada muchos años atrás). Foto de Internet.

todos conformaban caravanas alargadas y pesadas de carros diseñados especialmente para transportar la caña de azúcar. Podíamos identificar a qué centrales azucareros pertenecían porque exhibían sus nombres con grandes letras blancas sobre el fondo negro de los costados del ténder de sus locomotoras. Frente a la casa de mis abuelos pasaban los de “Carolina”, “Soledad”, “Santa Amalia”, “Progreso” y “España”, este último, como excepción, sólo llevaba un solo coche cargado de caña (todos esos centrales han desaparecido en la actualidad; la terminología gubernamental dice que han sido desactivados). Los muchachos del barrio conocían el horario del tránsito de esos trenes y se preparaban para durante su paso cogerles la mayor cantidad de caña posible. Lo hacíamos de diversas maneras, peligrosas porque requerían acercarse a la línea, pegarse a los carros mientras éstos se desplazaban y jalar las cañas que sobresalían; en otros casos tirar cañas viejas sobre la parte superior de los coches para hacer caer las tongas más abultadas. El que tumbaba y cogía más cañas era visto entre nosotros como de más valía y esto casi siempre lo lograban los de mayor edad. La caña, como es natural, la utilizábamos para deleitarnos con su dulce jugo, calmar la sed y hasta aplacar el hambre. Con mis primos y amigos aprendí a pelar la caña hasta con los dientes y a guarapearla para sacarle el jugo.

Es la edificación de la Escuela de Enseñanza Media en la esquina de las antiguas calle Colón y Línea de Colón. Foto 2010.

En la coincidencia de la antigua calle Colón y la Línea de Colón se construyó hace algún tiempo una edificación destinada a una escuela de enseñanza media o media superior que funciona en ese lugar; en la actualidad esa instalación muestra evidente descuido y deterioro, requiere ser restaurada.

Al trasladarse las vías férreas del Ferrocarril Central aproximadamente un kilómetro al norte, el alto terraplén de balasto sobre el cual se asentaron los rieles de la Línea de Colón ya no existe. Por ese lugar hace muchos años no circulan trenes, desapareció la Línea de Colón y también la calle San Felipe, ambas se convirtieron en la calle 9A.   Cambió para siempre el maravilloso paisaje, pero queda lo más importante, sus vecinos y sus viviendas, algunas mejoradas; queda también el territorio, pero con una imagen y una vida muy diferente.

La Línea de Colón está ligada a la historia de mi pueblo. Para mí, además, está enlazada a preciados recuerdos de la infancia, familiares y afectivos. Ella surgió gracias a la benefactora presencia de los ferrocarriles en Jovellanos y aunque ya no existe, muchos la recordamos con cariño. De allí y de aquellos tiempos siempre habrá para contar.

OTRAS IMAGENES

En la esquina de las antiguas San Lorenzo (Avenida 30) y San Ignacio (Calle 9), a una cuadra hacia el final de la foto, pasaba la Línea de Colón. Foto 2010.

En las antiguas San Lorenzo y San Ignacio. Una mirada hacia el oeste, por todo San Ignacio (Calle 9). Foto 2010.

Los Ferrocarriles en Jovellanos (II)

junio 21, 2010

La Estación de Ferrocarriles de Jovellanos fue inaugurada en 1914. Imagen que la muestra unos años después. Foto de Internet.

Rápidamente Jovellanos se convirtió en importante nudo ferroviario. El rústico y pequeño establecimiento creado en los inicios para facilitar la carga y descarga de mercancías y el embarque y movimiento de pasajeros dio paso a la inauguración  en 1914, al finalizar la calle Rabí, unos 100 metros al norte después de pasar la calle Martí – Real -,  de una moderna estación de trenes diseñada y construida con los requerimientos y recursos más avanzados de la época, dotada de magnífica edificación con salón para viajeros, local para la venta de boletines, sala de comunicaciones telegráficas, locales para enviar y guardar paquetes – servicio ofrecido al público a través del ferrocarril – y baños para damas y caballeros; partiendo de este inmueble, a orillas de las vías principales se erigieron amplios y alargados andenes levantados sobre sólida base de hormigón, con columnas y vigas de acero para apoyar el extenso techado metálico a dos aguas que facilitó el movimiento de pasajeros, mercancías y paquetes, y su protección del sol y las inclemencias del tiempo.

Esa estación dispuso de líneas y ramales auxiliares con un sistema de

Croquis de la Estación de Ferrocarriles de Jovellanos, sitio histórico de nuestro querido pueblo. Elaborado por el Autor para queridatierra.wordpress.com. Hacer Click sobre la imagen para ampliarla.

señalización manual para asegurar la afluencia y espera de los trenes con sus convoyes de numerosos coches, el enroque y cambio de dirección, el dar paso a otros o incorporar más vagones a los mismos.

Una vista desde el lugar donde estuviera la caseta de control de señales y cambio de chuchos en la intersección de la Línea y la calle Real de Jovellanos. Foto Abril 2010.

En sitios convenientes se ubicaron casetas con el personal designado para detener o cambiar la dirección de los trenes mediante la conmutación de las agujas o  chuchos, y garantizar la seguridad al paso de vehículos y peatones en los cruces o lugares de coincidencia de las vías ferroviarias con caminos, carreteras y calles.

Se observa uno de los grandes almacenes o depósitos de mercancías de la antigua Estación de Ferrocarriles de Jovellanos. Foto 2009.

También se levantaron naves o depósitos destinados al almacenaje y la carga y descarga de mercancías y se crearon locales destinados a los equipos de mantenimiento y limpieza de vías. Además, se construyó un taller de reparaciones bien equipado y se habilitaron líneas auxiliares para la Fábrica de Jabón de La Gravi y otra a la Fundición.

Al poco tiempo, en céntrico espacio de la estación, se edificó una pintoresca cafetería que entre sus variados productos a la venta, alcanzó fama por la oferta de <<Las mejores costillas de puerco empanizadas de Cuba>>. Ese no sólo fue su slogan publicitario, expuesto en un gran letrero en la parte superior del centro gastronómico, pues la indiscutible calidad con la que preparaban ese plato, disputado por los viajeros que apresurados se lanzaban desde los coches en las breves paradas de los trenes para comprarlo, comerlo ávidamente y llevar para sus acompañantes, lo confirman sobradamente; no pocas personas de la propia  localidad también acudían para adquirirlo. A mi pueblo se le conoció, entre otras muchas cosas buenas, por las sabrosas costillas de puerco de su estación de trenes.

A mediados de la década de 1970 se emprendió la llamada modernización del sistema de ferrocarriles de Cuba mediante la cual el gobierno se propuso reparar y reconstruir una parte del Ferrocarril Central en el tramo La Habana-Santiago de Cuba con el objetivo de que circularan trenes con velocidades de hasta 140 kilómetros por hora, con novedosa tecnología y altos niveles de seguridad en su operación. Sin embargo, según reconocen los propios gobernantes y la prensa cubana, el estado y el nivel de funcionamiento actual de los ferrocarriles y sus vías férreas distan de alcanzar aquel objetivo.

La histórica Estación de Ferrocarril destruida. Foto 2009.

Aquella modernización llegó a Jovellanos; incluyó, entre otros aspectos, trasladar un kilómetro hacia el norte las vías del Ferrocarril Central que pasaban por dentro del pueblo para tenderlas por las inmediaciones de Madan, lo que obligó a construir un elevado o paso a nivel superior para permitir el tránsito de la carretera que conduce a Carlos Rojas, abandonar la magnífica e histórica estación o terminal de trenes y edificar una nueva, con sus vías de enroque y otras instalaciones a similar distancia, al este de la localidad. Uno de los objetivos logrados con esta modernización, hasta el día de hoy, ha sido el añadir dificultades a los viajeros que requieren embarcarse en este importante medio de transporte, junto a sus equipajes, para llegar hasta la alejada terminal, y de igual modo, para quienes vienen de viaje, el trasladarse desde este punto hacia el pueblo. Por supuesto también desapareció aquella Cafetería con la oferta del plato que la hiciera famosa.

Pero no sólo eso, para asombro de los jovellanenses y de muchas otras personas, la vieja e histórica Estación de Trenes de mi pueblo está totalmente en ruinas y allí reina la desolación.

La antigua Estación de Ferrocarriles; allí reina la destrucción y la desolación. Foto 2009.

Tal parece que tan memorable rincón de mi pueblo fuera blanco del supuesto y tantas veces anunciado  << golpe aéreo masivo de la aviación enemiga >>. Estas instalaciones quizás pudieron emplearse en algo útil para la economía local. Pero por encima de todo, este lugar se debió cuidar y venerar, su deplorable estado es otra muestra de como se subestima y se atenta contra nuestra rica historia.

OTRAS IMAGENES.

La antigua Estación de Ferrocarriles de Jovellanos. La imagen habla por si misma. Foto Abril 2010.

Había sido inaugurada en 1914. Foto Abril 2010.

En la antigua Estación de los Ferrocarriles de Jovellanos. Se aprecian las estructuras de acero que sostuvieron el amplio techado metálico a dos aguas que allí existiera. Al parecer aun se utilizan algunas vías férreas y áreas de almacén. Foto Abril 2010.

Continúa en próximo artículo.

Los Ferrocarriles en Jovellanos (I)

junio 16, 2010

En Inglaterra, entre las localidades de Stockton y Darlintong, se establece el primer ferrocarril del mundo en 1825. Le sigue Estados Unidos en 1829 al extenderlo entre las ciudades de Baltimore y Ellicotsmills. Posteriormente fueron Francia, Alemania, Bélgica y Rusia. Cuba, aun colonia española, inaugura la línea Habana-Bejucal el 19 de Noviembre de 1837. En España ocurre 11 años más tarde, el 28 de Octubre de 1848, con el ferrocarril desde Barcelona hasta el poblado de Mataró. Nuestro país fue el séptimo en el planeta, el segundo en el hemisferio occidental y el primero de iberoamérica en disponer de tan importante avance de la ciencia y la tecnología en los medios del transporte.

Croquis que muestra la aparición y extensión de los ferrocarriles en la provincia de Matanzas. Elaborado por el Autor para queridatierra.wordpress.com. Hacer Click sobre la imagen para ampliarla.

Por aquel tiempo el territorio de Bemba se distingue por la producción de azúcar, el desarrollo fructífero de diferentes cultivos y la fabricación de piezas y materiales para los trapiches e ingenios azucareros, características que unidas a su excepcional posición geográfica determinan el interés de la naciente Compañía de Ferrocarriles asentada en Cárdenas por tender una línea férrea con el propósito de transportar mercancías desde nuestra comarca hacia la zona portuaria de la citada ciudad para utilizarlas en el comercio internacional y trasladar por mar una parte de ellas hacia otras regiones de nuestro propio país; recordar que en aquel tiempo no existían caminos ni los vehículos apropiados para llevar a grandes distancias crecidos volúmenes de productos.

En Navajas. En el punto donde coinciden las vías que provienen de Jovellanos, continuan al sur y al este. En la foto una vista hacia el oeste, en dirección a Bolondrón. Foto del Autor (2009)

Es entonces que desde Cárdenas se instala el ferrocarril hasta Cimarrones – Carlos Rojas – en Septiembre de 1840 y llega al poblado de Bemba – Jovellanos – en Diciembre del mismo año. En fecha tan temprana se favorece nuestro querido pueblo con la aparición del novedoso avance en el transporte de mercancías y pasajeros, contribución fundamental a su desarrollo económico, político y social. Poco después, en 1844, esas líneas se extienden al sur en dirección a Navajas; al este, hacia Perico en Diciembre de 1850, a Nueva Bermeja – Colón – en Febrero de 1851 y alcanza Agüica en Diciembre de ese año; al oeste conecta con Coliseo en Septiembre de 1859, población que desde Febrero de 1848 ya estaba unida a Guanábana y Matanzas; de tal manera Bemba –Jovellanos -, queda enlazada por vía férrea a toda la provincia y poco después, hasta hoy, a la totalidad del país.

La Junta. Locomotora que se muestra en el Museo del Ferrocarril de Cuba. La más antigua del país que se conserva. El 1ro. de noviembre de 1843 comenzó a prestar servicio de carga y pasajeros en Matanzas. Foto de Internet.

El ferrocarril obligó a desarrollar de inmediato la comunicación telegráfica hacia diferentes puntos y estaciones, instalar equipos para abastecer de combustible y agua a las locomotoras y adoptar otras medidas.

Dada su eficacia, en corto tiempo el “camino de hierro” también se extendió desde los centrales azucareros hacia las áreas designadas a fin de recoger y transportar la caña de azúcar para molerla durante las zafras, configurándose una ramificada red de vías que entroncaron o se cruzaron con las principales.

Alrededor de Jovellanos existieron varios ingenios, algunos de ellos desde los tiempos de la Colonia que desaparecieron hace muchos años y otros con sus redes ferroviarias propias que en fechas recientes fueron desarmados o desactivados, como el Soledad – Julio Reyes Cairo -, Carolina – Granma -, Santa Amalia – Victoria de Yaguajay – y Dolores – Jaime López -; de tal manera, alrededor de nuestro querido pueblo en la actualidad ya no queda ninguno, similar a lo ocurrido a la inmensa mayoría de estas fábricas en el territorio nacional, por lo cual ha desaparecido la mayor parte de la que fuera orgullo de Cuba, su otrora poderosa y fecunda industria del azúcar, sus ferrocarriles y las extensas y productivas plantaciones cañeras donde se cultivara la caña de azúcar, con las graves consecuencias económicas, políticas y sociales que de tal DESASTRE se derivan.

Imagen relativamente reciente del antiguo Central Soledad, después llamado Julio Reyes Cairo, desactivado o desaparecido. Foto tomada de Internet.

En la actualidad es evidente la virtual decadencia de bateyes y poblados que rodeaban a los muchísimos centrales azucareros desaparecidos. No deben ser pocas las personas que sueñan con la febril labor que en el pasado realizaban para poner a punto el ingenio y empezar la zafra; con la creciente actividad durante la propia molienda y sus benefactoras repercusiones cotidianas en la animación de la vida del batey.

También desapareció el ferrocarril cañero del antiguo Central Soledad. Aquí lo restos de una de sus locomotoras. Foto de Internet.

De pequeño, junto a mis mayores, conocí Soledad al frecuentar la casa de los Mainoldy, quienes se convirtieron en personas muy cercanas. Allí, junto a sus padres y hermanos vivía Teresa, la novia de mi tío Reynaldo ( Pipo). Ellos se casaron y fueron a vivir a Jovellanos; fruto de este matrimonio que perdura hasta hoy son sus hijos Reité, Teresita, Reynaldo y varios nietos, todos parte de mi querida familia. 

Visité más de una vez el Central Soledad en plena zafra. No olvido la suave y dulce fragancia resultado del proceso de las mieles durante la molienda; tan agradable aroma la percibía al acercarme desde la carretera a la entrada del querido lugar…

Esto es lo que queda del antiguo Central Soledad, después llamado Julio Reyes Cairo. Foto tomada de Internet.

En mi memoria la peculiar silueta de la guagüita de los Nieves conducida por Mario Vázquez y sus viajes desde Jovellanos hasta el batey del que después llamaran Julio Reyes Cairo para llevar y traer a los trabajadores en el horario de sus turnos de entrada y salida, y transportar otras personas que regularmente daban estos viajes hasta el pueblo, algunas de ellas fueron mis compañeros de la Secundaria que allí vivían, entre los cuales recuerdo a Julio Machado, Magaly López, Gladys y Maria Fiallo, Libia López Concepción, Sonia Moreno, Juan Díaz y otros que al cabo de tanto tiempo no logro precisar sus nombres.  

Continua en próximo artículo…