Archive for the ‘Carlos Rojas’ category

Algo inusual

marzo 29, 2012

El pasado 22 de Enero de 2012, recibí un comentario en el artículo: “Carlos Rojas: el más cercano y querido vecino”, procedente de la dirección electrónica: gloria01013@mtz.jovenclub.cu

El mensaje decía textual –  incluyo el uso indiscriminado de letras minúsculas cuando debieron usarse mayúsculas – cito:

“El nombre del escultor que hizo la estatua de martí en la plaza de la revolución es Juan José Sicre Vélez y no Sucre como aparece en el artículo.”

Demoré unos días en darlo a conocer porque no había revisado el sitio hasta el mismo momento en que lo publiqué. De inmediato respondí, en febrero 9, 2012 a 12:11 am, de la manera siguiente:

“Gloria pido disculpas por la demora en publicar tu valiosa crítica. Hace un momento, en cuanto leí tu mensaje, enmendé el error. Agradezco tu gentileza al contribuir a la correcta ortografía en el apellido de tan importante escultor cubano autor de la estatua del Apóstol erigida antes de 1959 en la Plaza Cívica José Martí, nombre verdadero de tan importante lugar construido para venerar al Maestro. Agradezco también que desde un Joven Club de Matanzas se tomen interés en este modesto blog en el que expongo recuerdos e informaciones De Nuestra Querida Tierra. Me tomé la atribución, preocupado como tú por la ortografía, en poner mayúsculas a las letras iniciales de las siguientes palabras de tu mensaje: Martí, Plaza y Revolución, las tres lo requerían. Ambos debemos ser más cuidadosos. Respetuosamente te saluda, Jorge.”

Pero días atrás noté que en las estadísticas de los comentarios recibidos, algo no se corresponde con la realidad. Encontré que desapareció uno físicamente, el enviado desde gloria01013@mtz.jovenclub.cu.

No parece extraño que eso ocurra por su procedencia, quizás la respuesta no les agradó por obvias razones. Tal comentario quedó registrado en otro lugar donde no lo pudieron borrar y ahora, al publicarlo por segunda vez, creo enmendar un error posiblemente ejecutado desde el mismo sitio; no dudo pronto hagan desaparecer también la dirección electrónica apuntada. De nuevo agradezco a Gloria y al interés de un Joven Club de Matanzas por este modesto blog. Lo ocurrido es algo inusual.

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Un rato en Carlos Rojas

julio 22, 2010

No hace mucho fui a Cuba, a mi natal Jovellanos, municipio en el centro de la provincia de Matanzas. Seis kilómetros al norte está Carlos Rojas, población a la que también me unen vínculos muy estrechos… 

                                                               **** 

El penúltimo día de mi corta estancia en Jovellanos, pasado el mediodía, voy al final de la Calle Alcalá,  la actual Avenida 10,  sitio ideal para conseguir en qué trasladarme hasta Carlos Rojas.    

A los pocos minutos se acerca un camión de carga norteamericano de mitad del siglo pasado. Es de un particular que lo ha convertido en transporte de personal. La sección trasera, destinada a los viajeros, tiene bancos de madera a ambos lados y otro en el medio; posee cubierta protectora que permite la entrada del aire y poder mirar hacia fuera; conserva buena presencia y funciona de maravilla; difícil imaginar cómo se las arregla su dueño para lograrlo. Aunque viene lleno, se detiene, recoge a los que esperamos en la esquina. Alcanzo apretado espacio, de pie, en la escalerilla de la única puerta que sirve de entrada y salida. Me cobran un peso en moneda cubana hasta el poblado vecino.

 Salimos a la carretera. Cerca del elevado sobre la línea del Ferrocarril Central, en las inmediaciaciones de Madan, se detiene el vehículo para montar a personas que aguardan a la orilla del camino. Cedemos espacio y a duras penas logran entrar. Me obligan a rebasar el peldaño superior de la pequeña escalera y quedo aprisionado contra la parte trasera.     

Durante el trayecto admiro el entrañable paisaje; lo comparo con mis recuerdos, como si al cabo de tanto tiempo pudiera determinar algún parecido o diferencia en el verdor de los árboles, la configuración del terreno… Respiro profundo, mis pulmones se llenan del aire de la ruta tantas veces recorrida en mi juventud.     

La emoción me hace perder la noción del itinerario, pero logro reaccionar y alerto mis sentidos, no quiero desperdiciar la oportunidad de ver el rincón al cual de pequeño mi padre me trajo a pescar varias veces. Por fin, a la derecha, tras alto platanal y algunos árboles observo con dificultad el puente del ferrocarril sobre el río Cimarrones. En instantes, al cruzar sobre el viaducto en la misma carretera, compruebo que el  cauce por donde antes corrieran las aguas está seco y desbordado de vegetación.     

Tras andar otro trecho nos volvemos a detener, esta vez para dejar algunos pasajeros y recoger otros. Casi todos realizan el viaje en silencio, prevalecen las caras adustas, unos pocos intercambian breve saludo.     

¡Al fin entramos a Carlos Rojas!  Al pasar frente al cementerio el pesado carro aminora velocidad hasta frenar suavemente. Es la primera parada dentro del poblado. Me bajo. El día está claro, sol fuerte con algunas nubes, hace calor. Por suerte corre la brisa. Han pasado más de 30 años, estoy de nuevo en Cimarrones* y me doy el gusto de caminar por sus calles.     

Retrocedo unos pasos, voy a la acera opuesta y llego al camposanto. Visito la tumba de familiares. Luego retomo la vía para encaminarme al centro del pueblo; pasa a mi lado el transporte en el que llegué, regresa repleto de pasajeros.      

Es un martes del 2010, pasadas las 2 de la tarde. Mientras camino miro a izquierda y derecha. La imagen exterior de las viviendas muestra las implacables huellas del tiempo y la falta de mantenimiento, son muchas con evidente deterioro, aunque a varias les han hecho arreglos. Veo pocas personas; se percibe paz y  tranquilidad, al menos en apariencia.     

Recorro algunas cuadras. Antes de llegar a la siguiente  intercepción voy a la acera opuesta. Casi estoy en el corazón de la villa. Tengo ante mí una vista frontal del cine, parte del parque y la extensión de la calzada hasta el Comedor Popular.     

La hermosa entrada principal del parque. Foto del 2010.

Paso el cruce de calles, avanzo, tengo una perspectiva de la escalinata que le sirve de entrada principal al arbolado sitio recreativo.  Acertaron en su diseño y construcción. Es bonita y ofrece amplio acceso al propio parque y al busto de José Martí situado detrás. Sin embargo, las altas luminarias, garantía de su alumbrado y contribución al realce de su belleza, están rotas, sin bombillos; en el área debe reinar la oscuridad durante la noche.     

En Carlos Rojas. El nombre del Generalísimo Máximo Gómez en la usual identificación de nuestras calles en el pasado. Foto del 2010.

Me aproximo al punto en que coinciden las vías principales del pueblo. Hoy se les designa con los  números 10 y 11, pero una llevó el nombre del Generalísimo del Ejército Libertador, Máximo Gómez, por la cual  transito desde que bajé del camión, y la otra el del Apóstol de la Independencia, nuestro José Martí.     

En Carlos Rojas. El nombre del Apóstol de la independencia José Martí en la usual identificación de nuestras calles en el pasado. Foto del 2010.

Aun permanecen los gloriosos patronímicos enmarcados en pequeños letreros sobre las paredes del lugar. A Carlos Rojas le ocurre lo que a Jovellanos, los insignes nombres de patriotas y otras figuras ilustres que llevaran con orgullo nuestras calles fueron cambiados por dígitos,  dejándolas vacías del significado histórico al que convocaran.     

El cruce de calles más importante y recordado del pueblo. Foto del 2010.

Cruzo la intercepción. Donde  estuvo el Fruticuba ahora funciona lo que parece ser una cafetería o restaurante que opera en chavitos; dos empleados conversan entre ellos y me permiten que desde su terraza tome una foto a las memorables cuatro esquinas de este pueblo. 

Continúo por la derecha de la Máximo Gómez . Paso ante un local rodeado de alta cerca peerless apoyada en columnas metálicas rematadas por estructuras en forma de Y por las cuales corren hileras de grueso alambre de púas; semejante al vallado de un campamento militar o una cárcel. Según  el letrero que lo identifica pertenece a las llamadas Tiendas Panamericanas de la red minorista de la Corporación CIMEX. Rigurosa la seguridad de un sitio que atesora objetos de mucho valor.     

Unos pasos más y en el lado opuesto está la casa  a la que acudí en el pasado para visitar a mi novia, después mi esposa y madre de mi querido hijo. A su costado permanece el espacio que la separa del recinto que albergó hace más de media centuria a la Jefatura de la Policía Nacional, posteriormente acogió a un organismo llamado la JUCEI y en la actualidad es la OFICODA (oficina gubernamental que controla a todos los ciudadanos y sus libretas de racionamiento) en cuyo portal hay dos mujeres que conversan entre ellas y me miran curiosas.     

Adelanto hasta una vivienda próxima; tiene cerradas la puerta y las ventanas que dan a la calle. Deseo saludar a una persona. Toco en la entrada, la llamo por su nombre. Repito el llamado y nadie responde.     

Mas allá, en la acera contraria, por donde alguna vez existió la carnicería de Papito Terán, hay un grupo de señores en un portal que juegan al dominó; desde allí uno de ellos me dice en voz alta:     

– Usted busca a …. – dice un nombre. Al escuchar mi afirmativa respuesta añade:     

– Ella está al lado.- Y señala el sitio. 

Le doy las gracias y sigo su indicación. La casa tiene la puerta abierta; varias señoras conversan animadamente en la sala. Al verme en el umbral me miran expectantes. Saludo, pido disculpas y les pregunto por la persona que busco. Una del grupo me dice que había estado con ellas y probablemente ahora esté al lado, en su propia casa. Contesto que recién estuve allí, la llamé y nadie respondió. Casi a coro me dicen que entonces no saben, les agradezco y me retiro.     

Una imagen de la antigua Máximo Gómez desde el lugar en que estuviera el Juzgado hacia el norte. Foto del 2010.

Al volver sobre mis pasos cruzo a la otra acera, ante el clausurado inmueble que más de medio siglo atrás ocupara el desaparecido Juzgado Municipal. Miro a lo largo de la antigua Máximo Gómez en dirección a San Joaquín. Llama la atención detrás, a la izquierda, una edificación que posteriormente me aclaran es la oficina de las TRD (Tiendas Recaudadoras de Divisas) CARIBE; veo a quienes continúan con su entretenido dominó y la parte delantera de un pequeño camión blanco – debe ser de la TRD -, atravesado a mitad de la rúa con la tapa del motor abierta y alguien que al parecer trata de repararle algún desperfecto;  notorios varios huecos o baches profundos en el pavimento.     

Alcanzo el portal del Comedor Popular, está abierto, en su interior hay personas que por su vestuario deben ser empleados y otras sus probables clientes, aunque nadie ocupa alguna mesa o consume alimentos o bebidas. Escrito a mano en papel pegado a una tabla aparece un modesto menú, quizás fue la oferta del almuerzo.     

Desde el portal de la parte frontal del Comedor Popular una vista de la antigua Máximo Gómez hacia el sur. Foto del 2010.

Desde la porción frontal del establecimiento dedico una mirada a la antigua Máximo Gómez en dirección a Jovellanos. Es una vista que me trae muchos recuerdos: el parque, algunas casas de familias, entre ellas las que habitaran o aun utilizan las de apellidos Mulet, Sartuntún y Chaluja; el antiguo Bar de Paquito, la maltrecha y cerrada edificación que antes fuera el cine y la actual farmacia; varios autos viejos arrimados a las orillas, detrás un camión con su remolque en una vía perpendicular; más allá el cine, otras viviendas y el punto en el que la propia calle desaparece en una curva. Por la izquierda viene un auto moderno, de una empresa del gobierno, se detiene cerca de la esquina, baja una linda muchacha, el chofer permanece en el automóvil.      

El tramo más importante de la antigua José Martí. Foto del 2010.

Tomo por la antigua José Martí, en otros tiempos la calle Real, la principal del pueblo. Contemplo el Correo y la casa que perteneciera a la familia García-Curbelo convertida en el Policlínico. Lo más importante son las personas que caminan por la acera, otras que disfrutan la brisa acomodadas en un banco, algunas que esperan ser atendidas en el Policlínico, varias conversan en un portal, también circula un bicicletero; es la apreciada gente de Cimarrones.     

Cumplo uno de mis deseos, pasear alrededor del parque. Predominan el verdor y la frondosidad de algunos árboles, otros están secos; numerosos bancos presentan roturas y algunos son puros esqueletos metálicos; confirmo el pobrísimo trabajo de jardinería y que no existe una sola luminaria en buen estado. Paso frente al llamado Círculo Social, principal centro de entretenimiento del pueblo; está cerrado y su apariencia exterior pone en duda su capacidad de distracción a los ciudadanos. Ya tengo a mi derecha el costado del cine, delante el cruce de las calles Calixto García y Máximo Gómez, y el sitio que llamaran el INDER. 

En Carlos Rojas. El Monumento a las Madres, un lugar sagrado. Foto del 2010.

Al llegar al referido cruce tuerzo a la izquierda y me detengo ante el Monumento a las  Madres. Lo examino con interés. Se debe cuidar mejor. El gesto maternal de la mujer que sostiene en brazos a su criatura es emotivo, me trae el querido recuerdo de mi propia madre y el de otras a las que nunca olvido. Hacen bien los carlosrojenses en rendir honor, en tan céntrica zona, a la más sublime de las expresiones humanas, la maternidad, tributo a nuestras propias madres.     

Al idear esta visita me propuse disfrutar de este parque desde uno de esos bancos dejándome llevar, con toda intención, por la evocación del pasado. Quiero darme ese gusto aunque sólo sea unos instantes. Entonces elijo el punto desde el cual lo haré. Hacia allí me encamino; siento una fuerte emoción.     

<< Voy acompañado de mi novia; vamos tomados de la mano… llegamos a la entrada principal. Remontamos pausadamente la breve escalinata. Damos unos pasos a la izquierda y nos acomodamos en el banco. Nos miramos sonrientes, felices de estar juntos; conversamos…   >>   

Sentado en el banco me quito la gorra, siento en el rostro la frescura del aire que corre; extiendo los brazos a los lados, estiro las piernas, mi cuerpo se relaja.  No estoy cansado. Doy rienda suelta a los recuerdos… Inmerso en la magia del extraordinario momento, miro detenidamente a todas partes, busco llevarme en la memoria todo lo que una representación fotográfica jamás podrá abarcar…  Creo que lo pude lograr, porque hasta hoy me parece estar sentado allí, ante el magnífico paisaje, junto a mi novia, dándole un furtivo beso en público, viendo a la gente pasar, casi olvidados del mundo… Entonces pienso una vez más que el parque de mis añoranzas, el de aquel tiempo, con el que ahora sueño, era realmente mucho más hermoso… Tengo que hacer un esfuerzo para regresar a la realidad.     

El conjunto escultórico con el que los carlosrojenses rinden tributo al Apóstol desde 1924. Foto del 2010. 

Muy próximo está el busto del Apóstol, me le acerco. Esculpido magníficamente en mármol miro cuidadoso su rostro y el traje que viste. Concluyo que es una réplica precisa de uno de sus retratos más famosos. Debajo, fijado en bronce, el escudo de la República de Cuba; un texto en la parte inferior dice: José Martí. El Ayuntamiento de Carlos Rojas, más abajo, Octubre de 1924. Es un trabajo escultórico meritorio; pronto cumplirá 86 años. Siendo lugar significativo del pueblo y por lo que simboliza, esta obra requiere atención, que se le restaure y se le rodee de rosas blancas, las predilectas del Maestro.      

Casi al marcharme recuerdo que en ocasiones escuché elogios acerca de un médico de la localidad. Decido ir a la esquina de la Antonio Maceo y la Calixto García… Sí, éste es  el lugar. En la pared de la casa situada al sureste del cruce de calles hay una placa con su nombre y su título profesional. En el portal, de pie, junto a la puerta de la vivienda, una señora me ve llegar. Viste de manera corriente, no es joven y no tiene maquillaje en el rostro, pero su presencia física, sus rasgos y su porte sereno y elegante obligan a imaginar que en su juventud debió ser muy bonita.      

En la parte frontal de la casa de la familia Iglesias-Espino, la placa del Doctor Julio Iglesias Vasallo. Foto del 2010.

La saludo y le digo quien soy, le hablo de mi esposa y su familia, quienes vivieron muchos años en el pueblo. Me dijo conocerlos y refirió su estimación por uno de mis cuñados, maestro de sus hijos en la escuela primaria. Le expreso la razón por la cual acudí hasta allí y le pido permiso para fotografiar la placa. Entonces me dice su nombre, que es la viuda del Doctor Julio Iglesias Vasallo, que podía hacer la foto; le agradezco y procedo. Conversamos un poco más. Mientras guardo la cámara en su estuche le manifiesto mi gratitud a la amable señora, me despido y le aseguro, como me lo pidió, saludar en su nombre al maestro de sus hijos. 

El camión en el que vine ya está frente al Correo, hay numerosas personas a su alrededor. Voy hacia allá. Escucho llamar a los pasajeros. Espero a que monten los que me anteceden. Cuando llega mi turno todavía hay sitio en los asientos; ocupo espacio a mitad del lateral derecho. Allí, sin contratiempos, hice un tranquilo viaje de regreso a Jovellanos. Todo salió bien. Estuve poco más de una hora, un rato en Carlos Rojas. 

* Cimarrones. Designación que ostentó Carlos Rojas hasta la primera década del siglo XX. También es el nombre del río que serpenteaba al sur de este pueblo y permanece seco desde hace tiempo.  Viene de la palabra “cimarrón”, empleada en Cuba para llamar al esclavo fugitivo que se escondía en los montes en busca de libertad.Ver en este blog el artículo: “Carlos Rojas: el más cercano y querido vecino.”

Carlos Rojas: el mas cercano y querido vecino

enero 31, 2010

A sólo seis kilómetros de Jovellanos está Carlos Rojas, al cual muchísimas personas guardan especial cariño, respeto y devoción; me honra ser parte de ellas. A este poblado me unen vínculos tan estrechos como irrompibles. 

Pequeño en extensión territorial y demográfica posee larga y rica historia.  Se le reconoce con vida propia desde 1765 en que se designa con el nombre de Cimarrones* porque en sus tupidos y abundantes bosques se refugiaban los esclavos que huían de las crueldades a que les sometían en los numerosos ingenios y trapiches, fincas y plantaciones cañeras de la región central de la que posteriormente se denomina provincia de Matanzas. 

En 1819 se construyó su primera iglesia que poco después se eleva a la categoría de parroquia bajo la advocación de la Virgen del Pilar, santa patrona del territorio. 

El territorio de Cimarrones y su poblado cabecera cambian su nombre en honor a Carlos Rojas Cruzat, General de División del Ejército Mambí. Foto tomada de la Enciclopedia de Cuba.

Se convierte en municipio con su ayuntamiento en 1879. En 1902 se le suprime ese rango para restituírsele en 1910. Por aquel tiempo se le cambia su nombre por el actual en homenaje al general de división del Ejército Libertador Cubano, el destacado patriota Carlos Rojas Cruzat, quien nacido en Cárdenas, combatió en repetidas ocasiones contra fuerzas españolas  en la zona de Cimarrones durante la Guerra de Independencia. 

En 1975 se le vuelve a quitar la jerarquía de municipio, su poblado cabecera y gran parte de su territorio pasan y se mantienen hasta hoy  bajo la jurisdicción de Jovellanos. 

Carlos Rojas fue tierra de independentistas. Basilio Tosca, hacendado de Cimarrones, se unió a Narciso López cuando éste desembarcó en Cárdenas en 1851. En aquellos años no fueron pocos los cubanos oriundos de esta zona que conspiraron contra el colonialismo español y durante la Guerra de 1895 se hizo notoria la presencia mambisa en sus alrededores con incontables hechos de armas y otras acciones. 

Alfredo Nodarse Nodarse, nacido en Cimarrones en 1869, alcanzó el grado de Teniente Coronel del Ejército Libertador y se destacó, entre otros, en los combates de Mal Tiempo, Coliseo, Calimete, Diana, Guamacaro y Río de Auras a las órdenes del Generalísimo Máximo Gómez Báez y a las de su Lugarteniente General, el Mayor General Antonio Maceo Grajales. 

Colosal monumento al Apóstol José Martí en la Plaza Cívica (llamada Plaza de la Revolución), en la ciudad de La Habana. Obra magistal del escultor carlosrojense Juan José Sicre Vélez.

Hijos de este pueblo son personalidades relevantes de la cultura nacional, entre ellos: Juan Bruno Zayas Jiménez (1825-1895), brillante médico que perteneció a la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana; Ricardo del Monte y Rocío (1828-1909), publicista y crítico eminente; Casimiro del Monte y Portillo (1838-1887), poeta, literato, ilustre intelectual; María Collado, nacida en 1886, notable escritora y periodista; el famoso escultor Juan José Sicre Vélez, (1898-1974), del cual sobresalen entre sus obras el Monumento al Soldado Invasor levantado en Mantua; el extraordinario monumento a José Martí en la Plaza Cívica (después llamada Plaza de la Revolución), y el busto a Simón Bolívar en la Plaza de la Fraternidad en el parque de igual nombre en la ciudad de La Habana. 

Hasta el presente, muchos otros sobresalen como maestros, médicos, intelectuales, deportistas y en otras esferas. Pero son muchísimas más las personas sencillas y humildes, trabajadoras, que de manera callada y anónima aportaron, aportan, engrandecieron y engrandecen las riquezas materiales, morales, espirituales, patrióticas y religiosas  de Carlos Rojas. 

En sus fértiles tierras regadas por varios ríos se criaba ganado,  producían con abundancia viandas, arroz, frutos menores y mucha caña de azúcar que se molía en los Centrales Carolina (Granma) y Santa Amalia (Victoria de Yaguajay), ambos en la actualidad desarmados o desactivados, como la gran mayoría de los Centrales Azucareros de la República de Cuba. Años atrás mi país fue el principal exportador de azúcar del mundo y paradójicamente, desde hace algún tiempo, importa el dulce producto para abastecer precariamente el consumo nacional. 

Vista de la calle Real o Martí en 1947. A la derecha el parque. Nótese que las calles no están aun asfaltadas. Foto de Así era Matanzas.

La población se triplicó según los datos censales entre los años 1899 hasta 1953. La información pública disponible de los censos más recientes  no se desglosa, abarca en su conjunto a Jovellanos. De cualquier modo  presumo que en la etapa más reciente este crecimiento sea mucho más lento, pues es la tendencia general en el desarrollo de la población cubana según los reportes oficiales. 

Croquis del centro de Carlos Rojas. Elaborado por el Autor para queridatierra.wordpress.com. (Hacer Click sobre la imagen para ampliarla).

Carlos Rojas tiene muy buenas comunicaciones terrestres. Enlaza hacia el el norte, por carretera, después de pasar por el caserío de San Joaquín, con el antiguo Central “Progreso” (“José Smith Comas”), que también está desactivado y según la clasificación oficial se utiliza como museo. De ahí se toma el Circuito Norte y enseguida se llega a Cárdenas, de inmediato tenemos a Varadero. Es un recorrido total de unos 30 kilómetros. Hacia el sur, también a través de vía pavimentada, muy cerca está  Jovellanos y ahí enlaza con la Carretera Central hacia todo el país. Cuenta con otros caminos en buenas condiciones que lo unen a diferentes bateyes y caseríos como Olimpo, San Pablo y Tosca. Muy cerca, hacia el oeste, se construyó un embalse que represa las aguas de algunos ríos que corrían libremente por la zona. Desde la segunda mitad del siglo XIX está unido por ferrocarril a Cárdenas y Jovellanos. 

Es otra vista de la calle Martí en 1947, ahora desde la salida que va a San Pablo mirando al centro del pueblo. Foto de Así era Matanzas.

Es un pueblo muy parecido a incontables sitios del interior del país. Muchas de sus casas tienen paredes de madera o de piedra de canto o ladrillo unidos por mezcla de arcilla y arena, con alto puntal cubierto de tejas.  Algunas con paredes de concreto y techo de placa. Abundan las viviendas con amplios portales. 

En la calle José Martí. A la izquierda de la foto la oficina de Correos y Telégrafos y al lado el Policlínico. A la derecha, el Parque. Foto Abril 2010.

Antes de 1959 la mayoría de sus calles estaban asfaltadas. En la parte central de la villa se destaca la que se nombrara Martí y antiguamente se le llamara calle Real; a sus orillas el parque y varias dependencias y establecimientos, entre ellos, la Oficina de Correos y Telégrafos y al lado el Policlínico, el Liceo o Círculo Social, la Farmacia de Cabrera, las bodegas de Martiniano y la de Fraga, la Iglesia Bautista,  la carnicería de Omar Jiménez, así como numerosas casas de familias. 

En la calle Máximo Gómez. Una vista en dirección al norte. Foto Abril 2010

Le sigue en importancia la calle Máximo Gómez. En ella se localizaron, entre otros,  el Juzgado, la Jefatura de la Policía, el Bar de Cano, la carnicería de Papito Terán, la quincalla de Jorge Chaluja, los salones de la Logia Mazónica, el Cine viejo (desaparecido) y el nuevo (aun existe). Una de las aceras a orillas del parque da a esta calle y

La imagen es totalmente diferente. Allí vivió la familia Nodarse-Jiménez. Foto Abril 2010.

en el # 79 de la misma, en humilde casa de madera y techumbre de tejas, vivieron por años los Nodarse-Jiménez; otras familias habitaron o habitan las múltiples casas situadas a los lados de esta vía. 

Es la intersección de Martí y Máximo Gómez, se observa el Comedor Popular. Foto de Internet.

En la esquina sureste del cruce perpendicular de Martí y Máximo Gómez, casi frente al parque, estuvo el Bar de Paquito. En la esquina noroeste existió la Tienda de Ropa de los hermanos Chaluja, destruida por voraz incendio un día de los años finales de la década del 50. Este hecho provocó gran conmoción y puso en peligro a las casas colindantes aunque no causó otros daños. En ese espacio se construyó posteriormente una entidad gastronómica que se denominó Comedor Popular. 

El parque en el centro del poblado de Carlos Rojas. Foto Abril 2010.

Un lugar que aprecian los carlosrojenses desde hace muchísimos años es el hermoso parque de que disponen en el centro del pueblo, con el busto al Apóstol José Martí , el pequeño obelisco dedicado a las Madres y numerosos bancos que disfrutan la sombra de sus frondosos árboles. Es un sitio bonito,  agradable, tranquilo. Lo solía visitar acompañado de mi novia. 

Conocí este pueblo siendo niño. En ocasiones me llevaron de visita a la casa de tía Pampa – Esperanza Marín, hermana de mi abuela paterna – quien vivíó allí junto a su esposo Mito Nodarse; recorrí las orillas del río Cimarrones de pesca junto a mi padre, aunque casi siempre sólo atrapábamos un entretenido cansancio.

La foto fue tomada desde un vehículo en marcha. Se observa el puente del ferrocarril en el tramo de Carlos Rojas a Jovellanos. Foto Abril 2010.

Como excepción, recuerdo la vez que tiramos los anzuelos bajo el puente de la línea del ferrocarril, muy próximo al que pasa por la carretera en el tramo entre Carlos Rojas y Jovellanos, y tras un buen rato en el que mi padre y mi primo Alfredito – que nos acompañaba en esa oportunidad –  me llamaran a media voz varias veces para decirme – te están picando… te están picando –  me vi obligado a reponer la carnada hasta que en una de esas tiré fuerte de la vara y pesqué una guabina, hecho que me puso muy contento. También estuvimos de cacería en fincas de los alrededores. Posteriormente mis visitas se multiplicaron. 

… La vi por primera vez en el estadio de pelota de Jovellanos, cuando formó parte del grupo de batuteras de una banda de música de las escuelas de Carlos Rojas en un desfile estudiantil por el natalicio del Apóstol José Martí. Después la conocí y conversamos cuando paseaba junto a una amiga por las calles de mi pueblo. Nos enamoramos; nos hicimos novios cuando ella sólo tenía trece años de edad. Entonces, con el consentimiento de sus padres, cada vez que tenía oportunidad la visitaba. Después nos casamos y es la magnífica madre que me dio a nuestro hijo, lo más querido. Es la amante esposa que me acompaña en las buenas y en las malas hace más de cuarenta años. 

Ella, sus padres y hermanos, son de Carlos Rojas. Una gran familia: los Nodarse Jiménez. Mi suegra fue una mujer excepcionalmente dedicada a sus hijos, a sus nietos, a su hogar; persona en extremo trabajadora, noble, cariñosa y buena; siempre me recordó con sus acciones a mi propia madre. Tuve el privilegio de ser su yerno más joven y me favorecia en todo, especialmente en los consejos que daba a Iris, mi esposa, la menor de todos sus hijos. Fue además, una abuela que dedicó muchos esfuerzos y atenciones para que a su nieto Jorgito no le faltaran alimentos en la Habana. 

Ignacio fue un padre sabio y dedicado por entero a su familia. Como suegro se mostró cordial y al tanto de todo cuanto pudiera hacer por mi. Recuerdo que estando yo  en el ejército, al salir de pase visitaba a su hija en Carlos Rojas. Al término del breve permiso, al regresar, invariablente ella me entregaba, a pesar de las escaceses que padecíamos, un paquete que contenía un enorme pudín. Pensé que era Zoila la que lo preparaba, pero al cabo del tiempo supe que quien se tomaba ese trabajo, por propia iniciativa, era Ignacio. Pudines tan sabrosos como aquellos, hasta hoy, no los he vuelto a probar. 

En verdad no quiero mejores suegros que Zoila e Ignacio. Tampoco quiero mejores cuñadas que Irma (Mimí), Iraida (Yaya) e Isora; y no quiero mejores cuñados que Ignacito, Israel (Lalo), Ismael (Tatica), Ibraim, Ibel, Iván y Manolo. A todos ellos, los hijos de mis queridos suegros, los admiro, entre otras razones, por su fuerte apego a la familia y por el noble y generoso corazón que heredaron de sus padres. Iris es la réplica de su mamá y es el amor de mi vida.  Me enorgullece formar parte de esa familia. 

La estación de ferrocarril de Carlos Rojas. Construida en las primeras décadas del pasado siglo. Foto de Internet.

El corto viaje de Jovellanos hasta Carlos Rojas casi siempre lo realizaba en la guaguita de los Azpeitia. La esperaba frente al Hospital o al terminar la Alcalá, a unos pasos de la línea del ferrocarril, los dos puntos más cercanos a mi casa en aquel tiempo. Su pintoresca imagen al aparecer en la lejanía y al acercarse escuchar el peculiar sonido de su motor de petróleo, me causaban alegría. Otras veces cogí algún carro de alquiler que al pasar tenía espacio libre. También me fui en tren, en botella y en bicicleta. Regresaba en la última guaguita y cuando se me iba, trataba de conseguir carro de alquiler u otro vehículo. Alguna vez me fui a pie y confieso que en una oportunidad encontré un caballo amarrado a una cerca a la salida del pueblo y lo tomé prestado. Lo solté al llegar a Jovellanos; eso no estuvo bien. 

En aquellos tiempos recuerdo al timón de la guaguita de los Azpeitia a Rafael Fuentes y a su hijo Rafelito, a Puto y a Ñico Guagualoca (apodos en ambos casos, me disculpo por no conocer sus nombres). Los  choferes o dueños de los carros de alquiler con los cuales viajé infinidad de veces fueron Cangreja, Pescaíto, Mañengo y Marrú (de igual modo me apena no saber sus nombres). 

Es mucha la gente buena que de una u otra manera conocí en Carlos Rojas. Aunque son más, sólo citaré  los nombres que recuerdo: Alfredo Alvarez, Olguita Carbot, Armanda Curbelo, Daysi Chaluja, Roberto Denis, Maria y Mario Estábil, Pedro Finalé, Mercedes Galloso, Carlos Rodríguez, Papito Terán, Armando Santurtún y Osvaldo Valencia. 

Con razón alguna vez escuché decir que Carlos Rojas era el norte de Jovellanos o Jovellanos el sur de Carlos Rojas, porque ambas localidades estuvieron continuamente muy compenetradas en todos los órdenes. De este pueblo y su territorio, de su historia, de sus habitantes, de su quehacer cotidiano, hay mucho más que contar.

Carlos Rojas fue, es y siempre será, el más cercano y querido vecino de Jovellanos,  parte esencial de mi querida tierra.

* Viene de la palabra “cimarrón”, la cual se emplea para llamar al esclavo fugitivo que se refugia en los montes en busca de libertad.