Archive for the ‘Jovellanos’ category

Algo inusual

marzo 29, 2012

El pasado 22 de Enero de 2012, recibí un comentario en el artículo: “Carlos Rojas: el más cercano y querido vecino”, procedente de la dirección electrónica: gloria01013@mtz.jovenclub.cu

El mensaje decía textual –  incluyo el uso indiscriminado de letras minúsculas cuando debieron usarse mayúsculas – cito:

“El nombre del escultor que hizo la estatua de martí en la plaza de la revolución es Juan José Sicre Vélez y no Sucre como aparece en el artículo.”

Demoré unos días en darlo a conocer porque no había revisado el sitio hasta el mismo momento en que lo publiqué. De inmediato respondí, en febrero 9, 2012 a 12:11 am, de la manera siguiente:

“Gloria pido disculpas por la demora en publicar tu valiosa crítica. Hace un momento, en cuanto leí tu mensaje, enmendé el error. Agradezco tu gentileza al contribuir a la correcta ortografía en el apellido de tan importante escultor cubano autor de la estatua del Apóstol erigida antes de 1959 en la Plaza Cívica José Martí, nombre verdadero de tan importante lugar construido para venerar al Maestro. Agradezco también que desde un Joven Club de Matanzas se tomen interés en este modesto blog en el que expongo recuerdos e informaciones De Nuestra Querida Tierra. Me tomé la atribución, preocupado como tú por la ortografía, en poner mayúsculas a las letras iniciales de las siguientes palabras de tu mensaje: Martí, Plaza y Revolución, las tres lo requerían. Ambos debemos ser más cuidadosos. Respetuosamente te saluda, Jorge.”

Pero días atrás noté que en las estadísticas de los comentarios recibidos, algo no se corresponde con la realidad. Encontré que desapareció uno físicamente, el enviado desde gloria01013@mtz.jovenclub.cu.

No parece extraño que eso ocurra por su procedencia, quizás la respuesta no les agradó por obvias razones. Tal comentario quedó registrado en otro lugar donde no lo pudieron borrar y ahora, al publicarlo por segunda vez, creo enmendar un error posiblemente ejecutado desde el mismo sitio; no dudo pronto hagan desaparecer también la dirección electrónica apuntada. De nuevo agradezco a Gloria y al interés de un Joven Club de Matanzas por este modesto blog. Lo ocurrido es algo inusual.

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En memoria de Armando

marzo 21, 2012

DE NUESTRA QUERIDA TIERRA consagra sus páginas a Jovellanos y  a los jovellanenses. Hoy hace merecida excepción para hablarles de alguien que no nació, ni creció, ni se vinculó directamente con mi pueblo; sólo una vez pasó por allí, como recordó en una de sus conversaciones conmigo, al viajar a través de la Carretera Central desde Holguín hasta la Habana. Este pequeño relato lo dedico a su memoria:

Años atrás trabajé en una compañía constructora; mis funciones me vincularon a personas a las que tomé afecto; ha pasado el tiempo y quiero hablarles de una de ellas. No tengo su biografía y datos que me permitan precisar su destacada personalidad, pero para mí, en este caso, vale la pena arriesgarme a lo inexacto, de antemano me disculpo. La información de que dispongo proviene de conversaciones personales, de escuchar y ver actuar a este señor al dirigirse a diferentes empleados por asuntos laborales, de presenciar su maestría persuasiva para convencer a clientes que exploraban la posibilidad de contratar los servicios de la compañía; en los hechos pude comprobar que fue uno de sus representantes de éxito.

Me siento obligado a contarles acerca de él, en especial, porque más de una vez me habló de sus hijos y también le conté del mío; comprendí cuánto quería a los suyos y que ambos disfrutábamos el sublime sentimiento: la gracia divina de ser padres.

Armando Ibarra nació a mediados de la década del cincuenta del pasado siglo en Tacajó, central azucarero situado unos treinta kilómetros al este de la ciudad de Holguín, en la antigua provincia de Oriente, en la República de Cuba. Extensos campos de caña con sus polvorientas o enfangadas guardarrayas de profundos canarreos, el paso de numerosas carretas cargadas de caña de azúcar arrastradas por sus yuntas de bueyes, extensos palmares y arboledas, el ruido de las maquinarias del ingenio y el peculiar olor de las mieles durante la molienda – el mejor de los perfumes – junto al benefactor ambiente y el cariño en el seno de su hogar, fueron los factores primordiales que conformaron su acendrada cubanía, su franca y campechana manera de expresarse y actuar.

Su niñez y primeros años de juventud los pasó en el batey del ingenio. Allí cursó estudios primarios. Junto a sus compañeros de juegos participó en numerosas travesuras y el hecho de ser hijo de un importante directivo del central, propiciaba que llegaran rápidamente las quejas a su padre, quien le reprendía severo. Cuando sus progenitores deciden marchar al exilio, en los Estados Unidos, las autoridades le impiden acompañarlos por estar en edad militar. Quedó transitoriamente en casa de familiares. Le gustaban las matemáticas, mostraba habilidad al hacer cálculos de diverso tipo y efectuar complicadas operaciones con rapidez y exactitud, de lo cual, años después, al trabajar juntos, tuve la oportunidad de ser testigo. Pudo ingresar a la Universidad de la Habana y comenzó la Licenciatura en Matemáticas. Muchas veces caminaba desde la propia escalinata universitaria hasta el albergue estudiantil situado en las cercanías de 12 y Malecón y viceversa; hacía el largo recorrido obligado por las serias dificultades en el transporte urbano y le animaba el deseo de conocer la vida de la capital cubana. No pudo concluir su carrera por el afán de unirse a su familia en este gran país.

Llegó joven, estudió el idioma inglés y consiguió dominarlo. Su preparación y voluntad le permitieron ascender en diferentes ocupaciones labores, se convirtió en exitoso vendedor de maderas y se adentró en el conocimiento de la construcción de modernas edificaciones.

Fruto de su matrimonio que posteriormente se malogró, son sus dos hijos: un varón y una hembra, a quienes amaba entrañablemente. Por el tiempo que ha transcurrido, ellos deben ser hoy personas adultas y quizás prolongaran su estirpe al tener sus propios hijos, quienes hubieran sido sus nietos. Pude conocer a estos muchachos, ambos adolescentes, cuando él los llevara varias veces por la compañía y con orgullo nos los presentara; a ellos les vi en ocasiones ocupar el cubículo de trabajo de su padre mientras éste atendía asuntos en otras áreas.

Armando Ibarara comprueba personalmente el trabajo en una de las obras de la compañía. Mayo del 2003

Mi primera tarea en aquel empleo me la indicó Armando. Me dijo que lo acompañara para determinar las medidas de los espacios interiores en una construcción que estaba a cargo de la compañía; información imprescindible para diseñar las escaleras metálicas que correspondían al proyecto.

Fuimos en su camioneta – Pick Up Truck – de fuerte apariencia con pintura exterior de pronunciado color beige, espacioso interior, bien climatizada, llevaba la radio conectada, sintonizada a bajo volumen a una estación que trasmitía música latina. Conducido por su dueño, el vehículo se desplazaba por calles, avenidas y carreteras por el Gran Miami mientras conversábamos acerca de nuestros lugares de origen, de los males que aquejan a nuestro país debido a la larga dictadura que padece; me habló de sus hijos y yo le conté del mío.

Llegamos al lugar de destino y en los espacios habilitados para instalar las referidas escaleras, procedimos a medir el largo y ancho en la planta baja y en el piso superior, así como la altura entre los pisos. Se mostró cordial con los trabajadores que ejecutaban la obra, observé el respeto y la confianza de éstos a la sana autoridad que se había ganado entre ellos. Personalmente realizó la medición, yo fui su auxiliar.

El viaje de regreso me pareció más rápido, hablamos otro poco y en el parqueo de la compañía, al desmontar del carro, concluí, sin equívoco, que este señor era magnífica persona. En recorridos similares y testigo de su actuación en otros momentos, reafirmé esa opinión.

Bajo sus requerimientos dibujé diferentes planos. Me ayudaba a comprender mejor el sentido y la orientación del objeto de obra, el tipo de material a emplear, detalles significativos que debía desglosar en algunos dibujos y otros aspectos que mis escasos conocimientos en la esfera de la construcción no me permitían entender a cabalidad.

Acudía regularmente al departamento de ingeniería a precisar asuntos pendientes, impartir indicaciones sobre un nuevo proyecto, revisar alguno de los planos o el cálculo del acero y otros materiales requeridos para determinada obra; también nos visitaba porque profesaba especial estimación a personas que laboraban en aquel lugar. Y mientras cada cual continuaba sus tareas, él hacía alguna broma o expresaba comentarios y preguntas sobre temas de interés. Más de una vez le escuchamos decir con satisfacción: “Este es mi departamento de ingeniería…”

El miércoles 21 de Noviembre del 2007, víspera del Día de Acción de Gracias, junto a otros jefes y empleados designados, Armando participó en la distribución de pavo y vino a los trabajadores. “Su departamento” fue uno de los lugares a los que él en persona entregó el obsequio de la compañía. Al rato regresó, y como a veces solía hacer, se recostó, de pie, al marco de la puerta de nuestro local de trabajo y empezó a conversar. No podíamos imaginar, quienes compartimos ese momento, que sería la última vez que le veríamos con vida. Con manifiesta alegría nos confió sus planes acerca del inusual fin de semana largo. Teníamos por delante el jueves, día feriado para Dar gracias a Dios; el viernes, que nos lo cedía generosamente la compañía; y el sábado y domingo, días no laborales; en total, tendríamos un amplio receso, el cual aprovecharía, según nos contaba, para viajar con sus dos hijos en su carro hasta un poblado en el vecino estado de Georgia y pasar el señalado feriado junto a familiares muy cercanos, estupenda oportunidad para compartir con sus retoños durante el extenso recorrido por carretera y en el transcurso de aquellos días; para él sería un gran disfrute filial.

Todo iba bien en el viaje hasta que en apartado cruce de carreteras, en las primeras horas del jueves 22 de Noviembre del 2007, alguien en grado sumo irresponsable y criminal, desconoció las señales de tránsito y se lanzó a gran velocidad sobre la camioneta beige; el violento impacto se produjo contra la puerta del chofer, donde iba Armando, quien a pesar de recibir los auxilios médicos posibles, fallece a las pocas horas. Imagino que en el corto tiempo que sobrevivió al accidente, si en algún instante pudo tener conciencia de lo ocurrido, le reconfortaría la idea de que sus hijos quedaran con vida.

Armando Ibarra fue persona de gran valía; no sólo sus hijos y familiares lo recuerdan, él supo ganarse la estimación y el afecto de quienes le conocimos; para mí fue un privilegio tenerlo entre mis jefes. Somos muchos los que siempre lo mantendremos vivo en la memoria.

Mirada al pasado

abril 12, 2011

“MUY INTERESANTE” es una revista mensual, se edita en Madrid, España, su contenido hace honor a su nombre. Hace varios años, a poco de llegar a los Estados Unidos, tropecé con ella por primera vez en la ciudad de Chicago, en una bodega – como se le dice en mi país al establecimiento comercial que aquí se denomina market – llamada “El Panamericano”, cuyos dueños eran  cubanos. Desde entonces, cada vez que tengo la oportunidad de encontrarla, disfruto de sus inteligentes artículos, excelentes fotografías y de su diseño moderno y atractivo.

El ejemplar que cae en mis manos lo hojeo completa y cuidadosamente, me detengo en algún artículo, párrafo o fotografía. Selecciono lo que llama mi atención para ir a fondo y le dedico tiempo a su lectura y observación. Aplico este procedimiento al número editado en Diciembre del 2010. Me gustaron muchas cosas, pero al llegar a las páginas 62 y 63, quedé prendado de una imagen que al mirarla detenidamente me transporta a mi natal Jovellanos. Es una fotografía que abarca casi completas las citadas páginas bajo el título: “Toma nota señorito” y apunta de seguido, textual: “Reconstrucción histórica dramatizada de un farmacéutico y su ayudante elaborando fórmulas magistrales…” El resto del texto de la foto y del propio artículo en el que está insertada, junto a otras más, no guarda relación directa con el vuelo de mi imaginación.

“Tome nota señorito”. Foto reproducida parcialmente de la revista MUY INTERESANTE, Diciembre de 2010.

Me atrevo a reproducir esta foto en la seguridad de que los editores de “MUY INTERESANTE” serán indulgentes y no me reprocharán. Me siento obligado a compartir con la gente DE NUESTRA QUERIDA TIERRA el gusto de mirarla no sólo por su indudable valor artístico y su contenido general, sino además, para hacerles partícipes de la fuerte y agradable impresión que esa imagen causa al trasladarme al pasado, al año 1927 y permitirme entrar al laboratorio de la Farmacia “La Central”, en Martí No 67, esquina a Daniel González, en Jovellanos, provincia de Matanzas, Cuba. Al observarla detenidamente siento emoción y orgullo, para mí no hay duda:

“Me mira sonriente Ignacio López Trélles, tiene el mortero entre sus manos. Paciente y seguro macera los ingredientes en las proporciones adecuadas, escogidos por él con sabiduría. Le escucho decir al asistente a su lado: Tome nota señorito… y le detalla cada uno de los componentes que utiliza y sus cantidades, para que los anote con precisión y quede registrada la fórmula magistral con la cual crea la pasta dental GRAVI, la Reina de las cremas Dentales”.

Esta foto es, en fin, una magnífica mirada al pasado de mi querido pueblo.

La Calle Real (I)

febrero 26, 2011

Real fue el nombre de la calle principal y más concurrida de mi pueblo; así le llamaron desde los tiempos de la colonia; de esa manera se quería consagrar la supuesta magnificencia de las personalidades de la realeza y rendir tributo a los monarcas españoles.

Esa calle es tan antigua como los acontecimientos que dieron lugar  al surgimiento de mi pueblo. Se dice que en 1738, en un mapa de la época, es señalado por primera vez un lugar dedicado al corte de madera que por su ubicación corresponde al actual territorio de Jovellanos. Al año siguiente, en 1739, en otro plano, también por vez primera, se muestra al pequeño caserío de Bemba.

En 1756 se establece el servicio postal interior de Cuba con jinetes que partían desde La Habana para recorrer la Isla y llegar a Santiago de Cuba; hacían el cambio de sus cabalgaduras en haciendas y pequeñas aldeas a lo largo del trayecto; esta senda se convierte en el Camino Real de la Isla de Cuba y llama la atención que sus principales puntos y lugares indican hoy el curso por el cual se prolonga la Carretera Central de mi país. Desde aquel tiempo Bemba o sus cercanías inmediatas formaron parte de esta ruta; ello indudablemente favoreció su crecimiento demográfico y económico. Es de suponer que la estrecha y corta calleja a ambos lados de la cual se ubicaron las viviendas y locales que dieron vida a la incipiente aldehuela, fue prolongación o derivación natural de este Camino. De allá presumo la antigüedad de la Calle Real de mi pueblo.

Con el tiempo Bemba creció gracias a la laboriosa actividad de sus moradores, su desarrollo cobró impulso con el surgimiento y auge de la industria azucarera en la zona. Cuantiosa mano de obra de negros africanos sometidos a la esclavitud fueron obligados a trabajar bajo el látigo para cultivar y cosechar la caña de azúcar en las haciendas aledañas y formaron parte de las dotaciones de los centrales azucareros creados en sus alrededores; otros, sin perder su condición de esclavos, pasaron a integrar la servidumbre de familias adineradas del poblado.  En aquellas tierras se daba de todo en abundancia y se desarrolló la ganadería. La industria de la fundición y fabricación de piezas para centrales y trapiches prosperó. La aparición del ferrocarril a fines de 1840 dio impulso a la economía local. Cobró fuerza la parcelación y urbanización.

Cuentan que en aquellos años proliferaron en la Calle Real diferentes establecimientos comerciales, tabaquerías y otros pequeños negocios, entre ellos cafés y hoteles de variada y abundante oferta; a pie, a caballo, o en relucientes coches y volantas, los habitantes del lugar, mostrando sus mejores galas, gustaban realizar sus paseos por esa calle. Asimismo se realizaban paradas o desfiles, procesiones y otros festejos cívicos y religiosos a lo largo de la misma. Por esa vía también deambulaban algunas personas de pobrísima estampa pidiendo limosna y amparo.

En esa época el aspecto general de Bemba era similar al de otros pueblos del interior del país. Sus calles sin pavimentar, algunas convertidas en puros lodazales en tiempos lluviosos, permanecían casi a oscuras en la noche debido al escaso alumbrado público; muchas de las viviendas a ambos lados de las mismas eran viejos caserones de alto puntal, de enormes puertas y ventanas, en las que se mantenían costumbres patriarcales. La Calle Real, en aquellos tiempos, fue testigo excepcional de no pocas actividades conspirativas y protestas contra la dominación colonial española.

El establecimiento en 1858 de la Administración de Correos; la creación en 1868 del Tren especial de cargas a Bemba para transportar los productos desde nuestra zona hasta Matanzas y la instalación del alumbrado público de keroseno en Agosto de 1870, marcaron momentos importantes en la vida de nuestro pueblo. Bemba se había convertido en próspera población y florecía su Calle Real.

Ante los avances y el pujante desarrollo de nuestra población, el 13 de Septiembre de 1870 se decide por las autoridades españolas cambiar la denominación  de Bemba por la de Jovellanos en homenaje a Don Gaspar Melchor de Jovellanos, destacada personalidad española y universal, nombre que ostenta con orgullo mi querida tierra desde entonces y para siempre. El 14 de Diciembre del propio año se le concede a Jovellanos el título de Villa. Como es natural, parte significativa de las festividades y agasajos por tales acontecimientos se desarrollaron en la vía más importante de mi pueblo.

De muchos otros hechos históricos ha sido testigo la Calle Real, entre ellos:

– Parte significativa de la vida y la obra de Domingo Mujica: recordar que nació el 15 de Septiembre de 1865 en la casa situada en la esquina de Real y Obispo, lugar que después ocupara la tienda de víveres “La Aurora”, hoy Museo Municipal que lleva su glorioso nombre. Años después esta calle podría dar fe de su actividad conspirativa y de muchos hechos protagonizados por él en defensa de nuestra cubanía. El 12 de Agosto de 1895 le llevaron esposado por toda la calle Real, como trofeo de guerra; recordar que  tras desigual combate fuerzas españolas lograran apresarlo a pesar de su resistencia y que llenos de emoción y dolor los jovellanenses le vieron pasar con la frente altiva, mientras algunos españoles trataron de humillarlo con gritos y denuestos. A los pocos días fue fusilado tras  rápido juicio sumarísimo. Recordar que en Enero de 1898, al ser evacuadas del pueblo las últimas fuerzas españolas la población se manifestó jubilosa y creció el alborozo popular en la calle Real cuando algunos patriotas buscaron a los peninsulares que habían humillado a Mujica y los obligaron a gritar repetidas veces “Viva Cuba Libre!”, “Viva Domingo Mujica!”.

– El 29 de Diciembre de 1898 hizo su entrada en Jovellanos el general Clemente Gómez y sus fuerzas insurrectas, recorriendo, entre otras, la Calle Real, siendo acogidos con regocijo por los pobladores. Semanas después llegó su Estado Mayor y entre sus oficiales, el médico Coronel del Ejército Libertador Antonio Esperón, natural de Jovellanos.

– El 20 de Febrero de 1899, el tren que conduce hacia la capital del país al Generalísmo del Ejército Libertador Cubano, Máximo Gómez Báez, se detiene en Jovellanos, se estaciona en medio de la localidad, en la Línea y la Calle Real. Allí se reunió con la madre y la hermana de Domingo Mujica, señora Juana Carratalá y señorita María Mujica, y aunque no existe constancia de lo tratado, de seguro les ofreció sus condolencias, les brindó apoyo y consuelo y reconoció la grandeza del ejemplo de Domingo. Ese día Gómez y sus acompañantes dieron un corto paseo por el pueblo, fue aclamado entusiastamente por los jovellanenses y para orgullo nuestro, en acto oficial fue proclamado hijo adoptivo de Jovellanos.

Existe un documento* que relata las opiniones de un visitante a nuestra población publicado en 1919, en el que, entre otros asuntos, se dan impresiones acerca de nuestra Calle Real, la que en ese momento se nombra Martí. Allí se dice:

 “El pórtico de la calle Martí, que es para Jovellanos lo que es el Boulevard des Italiens para París, es una magnífica película cinematográfica en la que desfila toda la población de la ciudad y de los alrededores.

“Prominentes y humildes, candidatos políticos y políticos tronados, guajiros de raza blanca y de color, negritas que se forjan la ilusión de ocultar el ébano de sus mejillas bajo una capa de polvo de talco o de arroz, lindísimas mujeres criollas auténticas, hombres del pueblo bajo que hablan en voz muy alta, apareciendo deseosos de contar a todos sus asuntos particulares, y a veces algún pordiosero de muchos años y de muchas dolencias físicas y morales que pide una limosna para vivir todavía…
 
“Todos estos tipos pasan y vuelven a pasar por el pórtico, curioseando por el frente de los restaurantes completamente abiertos, en donde cada día suelen almorzar o comer los forasteros, que son las novedades de Jovellanos.
 
“Y afuera del pórtico, por la calle, se alternan automóviles, carretas y gente del campo, jinetes en esos caballitos criollos que corren sin sacudimientos para los que los montan, moviendo las ancas con mucha coquetería…”

* Acerca de la Cultura Cubana. Excursiones por la provincia de Matanzas: Parte 2da: Jovellanos. Editado en 1919 por Adolfo Dollero. (Tomado de Internet)

Continuará…

Breve mensaje de Navidad (II)

diciembre 3, 2010

Respeto a quienes piensan diferente, pero reafirmo que el 25 de Diciembre es la fecha más importante de todas porque celebramos el nacimiento de Jesús, el hijo de Dios, origen y verdadera razón de la Navidad.

Feliz Navidad y próspero 2011 !

Su prédica y su obra de hacer el bien y amar al prójimo, su ejemplo de humildad y el excepcional sacrificio de su vida por la humanidad fundamentan los festejos navideños. Eso no lo debemos olvidar.

A mis queridos familiares, a mis amigos, a mis lectores, a los jovellanenses, a todas las personas, les deseo una Feliz Navidad, y paz y prosperidad en el Nuevo Año. Un fuerte abrazo, Jorge.

Los Ferrocarriles en Jovellanos (III-Final)

octubre 10, 2010

En la Línea de Colón. Junto a la cerca de seguridad mi hermano Nelson y mis primos José René y Rogelio. Detrás parte de la casa de mis abuelos paternos y al lado la del señor Domingo Arrieta. Foto de la década de los 60.

Mis abuelos vivieron en las cercanías de la línea del ferrocarril. Manuel y Agueda – padres de mamá – en una esquina de la coincidencia de las calles Colón y San Ignacio; Miguel y Celia – padres de papá – próximos al citado lugar, a orillas de la Línea de Colón o calle San Felipe, casi esquina a San Fernando. En ambos sitios  transcurrió gran parte de mi infancia.

Las hermanas más jóvenes de mi madre me llevaron muchas veces a la línea del ferrocarril para ver pasar el tren, mi atracción

En la Línea de Colón. Sentados en la vía férrea. Al centro mi hermano Nelson con nuestros primos Reynaldo, Rogelio, Albertico y Dieguito. Detrás la casa de mis abuelos paternos y la de mi tío Alberto con su familia. Foto de la década del 60.

principal en aquel tiempo. No conforme con mirar el paso de uno, muchas veces las hice permanecer allí por largo rato para satisfacer mi deseo de esperar hasta ver transitar el siguiente. Cuando regresábamos les  pedía que me  dibujaran la locomotora de vapor y el ténder o vagón especial donde transportara el combustible y el agua para su propio consumo. Al cabo de unos años aprendí a pintarlos por mi mismo, fueron mis dibujos preferidos de la niñez.

Mis padres nos llevaban a mis hermanos y a mí a visitar  a mis abuelos casi todos los sábados o domingos. Generalmente lo hacíamos a pie. Se convertía en un paseo por una parte muy querida del pueblo.

Una imagen de la antigua Estación de Trenes de Jovellanos ahora destruída. Foto 2010.

El recorrido lo realizábamos desde las calles Emilio Cueto o José Cadenas, andábamos varias cuadras hacia el este, pasábamos por el costado y la parte trasera de la Jabonería en dirección al Callejón de los Perros, pero torcíamos al sur por la misma línea del ferrocarril, atravesábamos los andenes de la Terminal de Trenes y nos dirigíamos nuevamente al este por toda la vía hasta llegar a nuestro destino.

Era una caminata un poco larga, obligaba a un esfuerzo físico estimulante y constituía motivo de alegría por la posibilidad de encontrarnos con familiares y amigos en un ambiente de juegos y travesuras. Niños al fin, marchábamos por la vía férrea dando saltos de polín en polín – de traviesa en traviesa – o tratando de hacer equilibrio sobre los rieles; mirábamos curiosos los puntos de mayor interés, como las casetas de los guarda-agujas, los entrecruces de las líneas para el cambio de vías, el sistema de señalización, el fondo del frigorífico y la propia Terminal de Trenes. Recogíamos y tirábamos piedras del balasto del terraplén de la vía. A veces  venía a lo lejos algún tren a nuestro encuentro y con tiempo suficiente nos bajábamos de la línea para protegernos.

A lo largo de esta ruta vivían muchas personas pobres, el aspecto de sus viviendas  confirmaba sus escasos recursos. A nuestro paso saludaban con evidente aprecio a mi padre quien les respondía con igual afecto; este hecho se repetía en estas caminatas, es un recuerdo que  me proporciona profunda satisfacción. Entre aquellas personas muy humildes recuerdo a Gallego Joroba’o, su esposa Pucha y sus hijos Aida, Api y Mamaína, (perdón por no recordar sus nombres verdaderos); a Mariano, Isacc y Margarito; a la familia Cuesta; y muchos más cuya presencia vive en mi memoria, pero al cabo de tanto tiempo no logro recordar sus nombres; todos ellos gente buena de mi pueblo.

En la Línea de Colón, muy cerca de mis abuelos paternos tenían sus

La que en el pasado fuera la casa de mis abuelos paternos, una vista actual. Foto 2010

viviendas, junto a sus esposas e hijos, mis tíos Diego, Alberto y Alfredo, con este último vivían sus suegros Simón y Chonita. Cuando visitábamos ese lugar, de hecho, se reunía un grupo considerable de la familia por la parte de mi padre; también acudía su hermano mayor, mi tío Carlos con los suyos, quienes vivían no muy lejos, en la calle Maceo. En oportunidades venían otros allegados desde Carlos Rojas, Nueva Luisa, Tingüaro y algunos que residían en La Habana, estos últimos durante sus vacaciones y en las festividades de Nochebuena y Año Nuevo. Muy cerca también vivía Secundina Herrera, tía de mi madre, con sus hijos Andrés, Rosa, Lola y Virginia. En las cercanías, por San Fernando, entre Real y San Ignacio, tenía su casa Tomás Gómez, tío de mi madre, con su esposa Josefa y sus hijos. Todos ellos parte de mi querida familia, a quienes recuerdo con cariño.

Allí nos reuníamos con numerosos primos y amigos de nuestra edad,  con

En esta casa vivieron mi tío Alfredo con su esposa Emilia, sus hijos Alfredito, Dalia, Pompeyo y José René, y sus suegros Simón y Chonita. La casa era totalmente de madera y el portal no tenía barandas. Conserva totalmente la silueta del pasado. Foto 2010.

quienes pasábamos un día de total esparcimiento en los alrededores de la línea y por los patios de varias de las citadas viviendas desde los cuales se extendían nuestras andanzas hacia las fincas de los señores Domingo Arrieta y Gabriel Martínez, territorios colindantes. Deambulábamos por las guardarrayas y las cercas de los linderos, muchas de ellas de piedra, piña de ratón, abrojo, cardón y diferentes árboles entre los que abundaban el almácigo, el mango y el marañón; nos adentrábamos en las arboledas donde pululaban las matas de naranja, mandarina, lima, guayaba, caimito, guanábana, mamoncillo y otras. Con esas frutas calmábamos el hambre y la sed, en ocasiones las cogíamos con el permiso de los dueños, pero las más de las veces sin autorización; en el grupo siempre había más de uno que con habilidad trepaba a las matas y las tumbaban para el disfrute de todos.

Por esos lugares cazábamos pájaros con jaulas hechas de güin de caña y varetas sacadas de las pencas de la palma o las matas de coco. También llevábamos tira-piedras con los cuales  abusábamos sin ningún sentido de las vijiritas, tojosas y otras aves pequeñas; fue un mal proceder de aquellos tiempos. Por las arboledas y tupidos matorrales que en la actualidad no existen porque en esa zona se construyeron edificaciones multifamiliares y se ha convertido en un reparto residencial, también jugábamos a los vaqueros e indios y tratábamos de imitar a los héroes de aventuras que se trasmitían en populares programas de radio como Los Tres Villalobos, Leonardo Moncada, Tanganika y Taguarí, entre otros. En uno de esos juegos, mientras trepado a una mata de güira me esforzaba por semejar las acciones de uno de aquellos  personajes, resbalé, mi pierna izquierda quedó atrapada en el empalme de una gruesa rama con el tronco del citado árbol y sufrí una delicada fractura. Gracias a la alta profesionalidad de la medicina de mi pueblo en breve tiempo quedé perfectamente bien.

En la Línea de Colón. Ante el cercado y el portón de la pollería de Martín, los hermanos Nelson, Ada y Jorge (el autor). Foto tomada por Antonio “Chichí” Génova en Enero de 1958. 

Recuerdo cuando una parte considerable del hermoso palmar de la finca del señor Arrieta fue desmontado y nos dimos el gusto de armar campamentos, escondites y realizar diferentes juegos aprovechando los grandes troncos de las palmas y las numerosas pencas en el suelo. En aquel lugar se construyeron varias naves o barracas para la cría de pollos. Entre los muchachos empezamos a llamar el lugar la pollería de Martín (su apellido, Duffaud).

En Línea de Colón o San Felipe y su

coincidencia con la calle San Fernando se destacó el punto donde estuviera la llave pública, casi al frente de un pequeño kiosco que existiera en aquel tiempo propiedad de un señor llamado Silvino.

Es la esquina de las antiguas San Fernando y Línea de Colón o SanFelipe. Allí estuvo la llave pública. Foto 2010.

Pobladores de la zona acudían al lugar a buscar agua en vasijas o depósitos de diverso tipo porque  diferentes viviendas no tenían instalado ese servicio y muchos de los fiñes que correteábamos y jugábamos por los alrededores apagábamos la sed bajo el chorro de la pródiga llave.

En aquel pedazo de mi pueblo habitaron o aun viven otras  personas, además de las mencionadas, a las cuales tomé afecto, entre ellos Papito (quien trabajaba en la finca del señor Arrieta); Juan y Secundina, padres de Margarita, una compañera de la escuela; Víctor y su familia, un señor que realizaba la dura labor de reparación y limpieza de las vías ferroviarias; la señora Pancha y sus nietos Gabino, Kinke y sus hermanas; la familia de los Conguitos, la de los Beruvides, la de los Fuentes, la de los Pena y muchas otras que no recuerdo.

Donde existieran la Línea de Colón y San Felipe, desaparecieron el alto terraplén de balasto y la vía férrea. Hoy es la calle 9A. Foto 2010.

Además de mis primos compartíamos con numerosos muchachos de la Línea de Colón, entre ellos Minino y su hermano mayor (ambos de la familia de apellido Cuesta); Ezequiel (de los Beruvides); Kinke (nieto de Pancha); Crecente, Vicente y Juanci (de los Conguitos) y muchos otros. Jugábamos, peleábamos, nos tiramos piedras y hacíamos  travesuras.

Otra vista de la calle 9A. En toda el área donde se ven los árboles echábamos tremendos “pitenes” de pelota. Foto 2010.

Fueron muchos los pitenes de pelota; el juego a las bolas, las chapas y a los botones, a tirar trompos, empinar chiringas y papalotes. Escaseaban los juguetes, pero la inventiva de los que menos tenían era extraordinaria. Fue a los Conguitos a quienes vi preparar con suma habilidad sus maravillosos trenes de latas de sardinas que echaban espesa humareda por la chimenea de sus locomotoras; muchas veces traté de imitarlos, aunque nunca los pude igualar.

Pero lo más atractivo para todos, incluyo a las personas mayores, era el majestuoso paso de los trenes. La principal circulación del ferrocarril de mi país desfilaba frente a la casa de mis abuelos, por la Línea de Colón. Todo lo que estuviéramos haciendo, por entretenido o interesante que pudiera resultar para quienes jugábamos y retozábamos a gusto, se interrumpía para ver pasar las imponentes y ruidosas máquinas que vomitaban gruesos penachos de espesa humareda negra y arrastraban largas y pesadas caravanas de carros, algunos de pasajeros, otros cargados de mercancías de diverso tipo con sus coches o vagones especializados para transportar ganado, arena o piedra, combustibles (petróleo, gasolina, gas, aceite) y  otros productos. Nos quedábamos embelesados mirándolos pasar, admirados ante el poderío de aquellas máquinas y los convoyes que arrastraban.

Un día apareció un nuevo tipo de tren para transportar pasajeros. Llamaba la atención por su porte y velocidad. Empezó a circular a diario para cubrir la ruta desde La Habana hasta Santiago de Cuba y viceversa. Le llamábamos el gascar, era un grupo de 4 a 6 coches especiales: modernos, elegantes, plateados, con sus grandes ventanas cerradas herméticas para conservar el refrigerado aire acondicionado que disfrutaban en la comodidad de sus asientos los pasajeros. Curiosamente no necesitaba de las locomotoras que acostumbrábamos a ver en otros trenes porque disponían de un coche de igual apariencia a los demás con potente motor eléctrico, el cual además de llevar a sus propios pasajeros, era capaz de arrastrar los coches restantes a gran velocidad.

La mayoría de los vecinos aledaños a la vía férrea respetaban y temían a la inusual rapidez del gascar, más aun por los rumores de que por tal o mas cual lugar alguna persona que transitara por la línea no tuvo tiempo de evadir su embestida y perdiera la vida. Cuando alguien gritaba… ¡Allá viene el gascar!, muchos salían a llamar a sus hijos y advertían a todo aquel sobre la línea o dispuesto a cruzarla a que bajaran de la misma y no se atrevieran a pasar. Para los muchachos era todo un acontecimiento ver el imponente grupo de coches plateados acercarse desde el este y reducir su velocidad ante la proximidad de las vías de enroque de la Estación de Ferrocarriles de mi pueblo, donde a pesar de la premura en sus horarios de viaje, el gascar se detenía para recoger algún viajero y facilitar a los miembros de su tripulación y pasajeros la oportunidad de adquirir las famosas costillas de cerdo empanizadas, las mejores de Cuba, en la Cafetería del lugar.

Peligrosa travesura realizamos con frecuencia varios muchachos, incluyéndome, cuando al escuchar a lo lejos el inconfundible pitazo que emitía el gascar anunciando su cercanía y los gritos de advertencia de que nos bajáramos de la línea, corríamos hacia el alto terraplén de la vía y poníamos piedras de balasto sobre los rieles. Con el tren bastante cerca nos alejábamos rápidamente para ver como las poderosas ruedas de acero del primer coche las hacían polvo bajo su aplastante avance. Por este hecho mis mayores me llamaron la atención y merecí ser castigado.

En tiempo de zafra nos complacíamos con el paso de los trenes cañeros. Casi

Para el recuerdo: un tren cañero (en una zona no precisada muchos años atrás). Foto de Internet.

todos conformaban caravanas alargadas y pesadas de carros diseñados especialmente para transportar la caña de azúcar. Podíamos identificar a qué centrales azucareros pertenecían porque exhibían sus nombres con grandes letras blancas sobre el fondo negro de los costados del ténder de sus locomotoras. Frente a la casa de mis abuelos pasaban los de “Carolina”, “Soledad”, “Santa Amalia”, “Progreso” y “España”, este último, como excepción, sólo llevaba un solo coche cargado de caña (todos esos centrales han desaparecido en la actualidad; la terminología gubernamental dice que han sido desactivados). Los muchachos del barrio conocían el horario del tránsito de esos trenes y se preparaban para durante su paso cogerles la mayor cantidad de caña posible. Lo hacíamos de diversas maneras, peligrosas porque requerían acercarse a la línea, pegarse a los carros mientras éstos se desplazaban y jalar las cañas que sobresalían; en otros casos tirar cañas viejas sobre la parte superior de los coches para hacer caer las tongas más abultadas. El que tumbaba y cogía más cañas era visto entre nosotros como de más valía y esto casi siempre lo lograban los de mayor edad. La caña, como es natural, la utilizábamos para deleitarnos con su dulce jugo, calmar la sed y hasta aplacar el hambre. Con mis primos y amigos aprendí a pelar la caña hasta con los dientes y a guarapearla para sacarle el jugo.

Es la edificación de la Escuela de Enseñanza Media en la esquina de las antiguas calle Colón y Línea de Colón. Foto 2010.

En la coincidencia de la antigua calle Colón y la Línea de Colón se construyó hace algún tiempo una edificación destinada a una escuela de enseñanza media o media superior que funciona en ese lugar; en la actualidad esa instalación muestra evidente descuido y deterioro, requiere ser restaurada.

Al trasladarse las vías férreas del Ferrocarril Central aproximadamente un kilómetro al norte, el alto terraplén de balasto sobre el cual se asentaron los rieles de la Línea de Colón ya no existe. Por ese lugar hace muchos años no circulan trenes, desapareció la Línea de Colón y también la calle San Felipe, ambas se convirtieron en la calle 9A.   Cambió para siempre el maravilloso paisaje, pero queda lo más importante, sus vecinos y sus viviendas, algunas mejoradas; queda también el territorio, pero con una imagen y una vida muy diferente.

La Línea de Colón está ligada a la historia de mi pueblo. Para mí, además, está enlazada a preciados recuerdos de la infancia, familiares y afectivos. Ella surgió gracias a la benefactora presencia de los ferrocarriles en Jovellanos y aunque ya no existe, muchos la recordamos con cariño. De allí y de aquellos tiempos siempre habrá para contar.

OTRAS IMAGENES

En la esquina de las antiguas San Lorenzo (Avenida 30) y San Ignacio (Calle 9), a una cuadra hacia el final de la foto, pasaba la Línea de Colón. Foto 2010.

En las antiguas San Lorenzo y San Ignacio. Una mirada hacia el oeste, por todo San Ignacio (Calle 9). Foto 2010.

Un rato en Carlos Rojas

julio 22, 2010

No hace mucho fui a Cuba, a mi natal Jovellanos, municipio en el centro de la provincia de Matanzas. Seis kilómetros al norte está Carlos Rojas, población a la que también me unen vínculos muy estrechos… 

                                                               **** 

El penúltimo día de mi corta estancia en Jovellanos, pasado el mediodía, voy al final de la Calle Alcalá,  la actual Avenida 10,  sitio ideal para conseguir en qué trasladarme hasta Carlos Rojas.    

A los pocos minutos se acerca un camión de carga norteamericano de mitad del siglo pasado. Es de un particular que lo ha convertido en transporte de personal. La sección trasera, destinada a los viajeros, tiene bancos de madera a ambos lados y otro en el medio; posee cubierta protectora que permite la entrada del aire y poder mirar hacia fuera; conserva buena presencia y funciona de maravilla; difícil imaginar cómo se las arregla su dueño para lograrlo. Aunque viene lleno, se detiene, recoge a los que esperamos en la esquina. Alcanzo apretado espacio, de pie, en la escalerilla de la única puerta que sirve de entrada y salida. Me cobran un peso en moneda cubana hasta el poblado vecino.

 Salimos a la carretera. Cerca del elevado sobre la línea del Ferrocarril Central, en las inmediaciaciones de Madan, se detiene el vehículo para montar a personas que aguardan a la orilla del camino. Cedemos espacio y a duras penas logran entrar. Me obligan a rebasar el peldaño superior de la pequeña escalera y quedo aprisionado contra la parte trasera.     

Durante el trayecto admiro el entrañable paisaje; lo comparo con mis recuerdos, como si al cabo de tanto tiempo pudiera determinar algún parecido o diferencia en el verdor de los árboles, la configuración del terreno… Respiro profundo, mis pulmones se llenan del aire de la ruta tantas veces recorrida en mi juventud.     

La emoción me hace perder la noción del itinerario, pero logro reaccionar y alerto mis sentidos, no quiero desperdiciar la oportunidad de ver el rincón al cual de pequeño mi padre me trajo a pescar varias veces. Por fin, a la derecha, tras alto platanal y algunos árboles observo con dificultad el puente del ferrocarril sobre el río Cimarrones. En instantes, al cruzar sobre el viaducto en la misma carretera, compruebo que el  cauce por donde antes corrieran las aguas está seco y desbordado de vegetación.     

Tras andar otro trecho nos volvemos a detener, esta vez para dejar algunos pasajeros y recoger otros. Casi todos realizan el viaje en silencio, prevalecen las caras adustas, unos pocos intercambian breve saludo.     

¡Al fin entramos a Carlos Rojas!  Al pasar frente al cementerio el pesado carro aminora velocidad hasta frenar suavemente. Es la primera parada dentro del poblado. Me bajo. El día está claro, sol fuerte con algunas nubes, hace calor. Por suerte corre la brisa. Han pasado más de 30 años, estoy de nuevo en Cimarrones* y me doy el gusto de caminar por sus calles.     

Retrocedo unos pasos, voy a la acera opuesta y llego al camposanto. Visito la tumba de familiares. Luego retomo la vía para encaminarme al centro del pueblo; pasa a mi lado el transporte en el que llegué, regresa repleto de pasajeros.      

Es un martes del 2010, pasadas las 2 de la tarde. Mientras camino miro a izquierda y derecha. La imagen exterior de las viviendas muestra las implacables huellas del tiempo y la falta de mantenimiento, son muchas con evidente deterioro, aunque a varias les han hecho arreglos. Veo pocas personas; se percibe paz y  tranquilidad, al menos en apariencia.     

Recorro algunas cuadras. Antes de llegar a la siguiente  intercepción voy a la acera opuesta. Casi estoy en el corazón de la villa. Tengo ante mí una vista frontal del cine, parte del parque y la extensión de la calzada hasta el Comedor Popular.     

La hermosa entrada principal del parque. Foto del 2010.

Paso el cruce de calles, avanzo, tengo una perspectiva de la escalinata que le sirve de entrada principal al arbolado sitio recreativo.  Acertaron en su diseño y construcción. Es bonita y ofrece amplio acceso al propio parque y al busto de José Martí situado detrás. Sin embargo, las altas luminarias, garantía de su alumbrado y contribución al realce de su belleza, están rotas, sin bombillos; en el área debe reinar la oscuridad durante la noche.     

En Carlos Rojas. El nombre del Generalísimo Máximo Gómez en la usual identificación de nuestras calles en el pasado. Foto del 2010.

Me aproximo al punto en que coinciden las vías principales del pueblo. Hoy se les designa con los  números 10 y 11, pero una llevó el nombre del Generalísimo del Ejército Libertador, Máximo Gómez, por la cual  transito desde que bajé del camión, y la otra el del Apóstol de la Independencia, nuestro José Martí.     

En Carlos Rojas. El nombre del Apóstol de la independencia José Martí en la usual identificación de nuestras calles en el pasado. Foto del 2010.

Aun permanecen los gloriosos patronímicos enmarcados en pequeños letreros sobre las paredes del lugar. A Carlos Rojas le ocurre lo que a Jovellanos, los insignes nombres de patriotas y otras figuras ilustres que llevaran con orgullo nuestras calles fueron cambiados por dígitos,  dejándolas vacías del significado histórico al que convocaran.     

El cruce de calles más importante y recordado del pueblo. Foto del 2010.

Cruzo la intercepción. Donde  estuvo el Fruticuba ahora funciona lo que parece ser una cafetería o restaurante que opera en chavitos; dos empleados conversan entre ellos y me permiten que desde su terraza tome una foto a las memorables cuatro esquinas de este pueblo. 

Continúo por la derecha de la Máximo Gómez . Paso ante un local rodeado de alta cerca peerless apoyada en columnas metálicas rematadas por estructuras en forma de Y por las cuales corren hileras de grueso alambre de púas; semejante al vallado de un campamento militar o una cárcel. Según  el letrero que lo identifica pertenece a las llamadas Tiendas Panamericanas de la red minorista de la Corporación CIMEX. Rigurosa la seguridad de un sitio que atesora objetos de mucho valor.     

Unos pasos más y en el lado opuesto está la casa  a la que acudí en el pasado para visitar a mi novia, después mi esposa y madre de mi querido hijo. A su costado permanece el espacio que la separa del recinto que albergó hace más de media centuria a la Jefatura de la Policía Nacional, posteriormente acogió a un organismo llamado la JUCEI y en la actualidad es la OFICODA (oficina gubernamental que controla a todos los ciudadanos y sus libretas de racionamiento) en cuyo portal hay dos mujeres que conversan entre ellas y me miran curiosas.     

Adelanto hasta una vivienda próxima; tiene cerradas la puerta y las ventanas que dan a la calle. Deseo saludar a una persona. Toco en la entrada, la llamo por su nombre. Repito el llamado y nadie responde.     

Mas allá, en la acera contraria, por donde alguna vez existió la carnicería de Papito Terán, hay un grupo de señores en un portal que juegan al dominó; desde allí uno de ellos me dice en voz alta:     

– Usted busca a …. – dice un nombre. Al escuchar mi afirmativa respuesta añade:     

– Ella está al lado.- Y señala el sitio. 

Le doy las gracias y sigo su indicación. La casa tiene la puerta abierta; varias señoras conversan animadamente en la sala. Al verme en el umbral me miran expectantes. Saludo, pido disculpas y les pregunto por la persona que busco. Una del grupo me dice que había estado con ellas y probablemente ahora esté al lado, en su propia casa. Contesto que recién estuve allí, la llamé y nadie respondió. Casi a coro me dicen que entonces no saben, les agradezco y me retiro.     

Una imagen de la antigua Máximo Gómez desde el lugar en que estuviera el Juzgado hacia el norte. Foto del 2010.

Al volver sobre mis pasos cruzo a la otra acera, ante el clausurado inmueble que más de medio siglo atrás ocupara el desaparecido Juzgado Municipal. Miro a lo largo de la antigua Máximo Gómez en dirección a San Joaquín. Llama la atención detrás, a la izquierda, una edificación que posteriormente me aclaran es la oficina de las TRD (Tiendas Recaudadoras de Divisas) CARIBE; veo a quienes continúan con su entretenido dominó y la parte delantera de un pequeño camión blanco – debe ser de la TRD -, atravesado a mitad de la rúa con la tapa del motor abierta y alguien que al parecer trata de repararle algún desperfecto;  notorios varios huecos o baches profundos en el pavimento.     

Alcanzo el portal del Comedor Popular, está abierto, en su interior hay personas que por su vestuario deben ser empleados y otras sus probables clientes, aunque nadie ocupa alguna mesa o consume alimentos o bebidas. Escrito a mano en papel pegado a una tabla aparece un modesto menú, quizás fue la oferta del almuerzo.     

Desde el portal de la parte frontal del Comedor Popular una vista de la antigua Máximo Gómez hacia el sur. Foto del 2010.

Desde la porción frontal del establecimiento dedico una mirada a la antigua Máximo Gómez en dirección a Jovellanos. Es una vista que me trae muchos recuerdos: el parque, algunas casas de familias, entre ellas las que habitaran o aun utilizan las de apellidos Mulet, Sartuntún y Chaluja; el antiguo Bar de Paquito, la maltrecha y cerrada edificación que antes fuera el cine y la actual farmacia; varios autos viejos arrimados a las orillas, detrás un camión con su remolque en una vía perpendicular; más allá el cine, otras viviendas y el punto en el que la propia calle desaparece en una curva. Por la izquierda viene un auto moderno, de una empresa del gobierno, se detiene cerca de la esquina, baja una linda muchacha, el chofer permanece en el automóvil.      

El tramo más importante de la antigua José Martí. Foto del 2010.

Tomo por la antigua José Martí, en otros tiempos la calle Real, la principal del pueblo. Contemplo el Correo y la casa que perteneciera a la familia García-Curbelo convertida en el Policlínico. Lo más importante son las personas que caminan por la acera, otras que disfrutan la brisa acomodadas en un banco, algunas que esperan ser atendidas en el Policlínico, varias conversan en un portal, también circula un bicicletero; es la apreciada gente de Cimarrones.     

Cumplo uno de mis deseos, pasear alrededor del parque. Predominan el verdor y la frondosidad de algunos árboles, otros están secos; numerosos bancos presentan roturas y algunos son puros esqueletos metálicos; confirmo el pobrísimo trabajo de jardinería y que no existe una sola luminaria en buen estado. Paso frente al llamado Círculo Social, principal centro de entretenimiento del pueblo; está cerrado y su apariencia exterior pone en duda su capacidad de distracción a los ciudadanos. Ya tengo a mi derecha el costado del cine, delante el cruce de las calles Calixto García y Máximo Gómez, y el sitio que llamaran el INDER. 

En Carlos Rojas. El Monumento a las Madres, un lugar sagrado. Foto del 2010.

Al llegar al referido cruce tuerzo a la izquierda y me detengo ante el Monumento a las  Madres. Lo examino con interés. Se debe cuidar mejor. El gesto maternal de la mujer que sostiene en brazos a su criatura es emotivo, me trae el querido recuerdo de mi propia madre y el de otras a las que nunca olvido. Hacen bien los carlosrojenses en rendir honor, en tan céntrica zona, a la más sublime de las expresiones humanas, la maternidad, tributo a nuestras propias madres.     

Al idear esta visita me propuse disfrutar de este parque desde uno de esos bancos dejándome llevar, con toda intención, por la evocación del pasado. Quiero darme ese gusto aunque sólo sea unos instantes. Entonces elijo el punto desde el cual lo haré. Hacia allí me encamino; siento una fuerte emoción.     

<< Voy acompañado de mi novia; vamos tomados de la mano… llegamos a la entrada principal. Remontamos pausadamente la breve escalinata. Damos unos pasos a la izquierda y nos acomodamos en el banco. Nos miramos sonrientes, felices de estar juntos; conversamos…   >>   

Sentado en el banco me quito la gorra, siento en el rostro la frescura del aire que corre; extiendo los brazos a los lados, estiro las piernas, mi cuerpo se relaja.  No estoy cansado. Doy rienda suelta a los recuerdos… Inmerso en la magia del extraordinario momento, miro detenidamente a todas partes, busco llevarme en la memoria todo lo que una representación fotográfica jamás podrá abarcar…  Creo que lo pude lograr, porque hasta hoy me parece estar sentado allí, ante el magnífico paisaje, junto a mi novia, dándole un furtivo beso en público, viendo a la gente pasar, casi olvidados del mundo… Entonces pienso una vez más que el parque de mis añoranzas, el de aquel tiempo, con el que ahora sueño, era realmente mucho más hermoso… Tengo que hacer un esfuerzo para regresar a la realidad.     

El conjunto escultórico con el que los carlosrojenses rinden tributo al Apóstol desde 1924. Foto del 2010. 

Muy próximo está el busto del Apóstol, me le acerco. Esculpido magníficamente en mármol miro cuidadoso su rostro y el traje que viste. Concluyo que es una réplica precisa de uno de sus retratos más famosos. Debajo, fijado en bronce, el escudo de la República de Cuba; un texto en la parte inferior dice: José Martí. El Ayuntamiento de Carlos Rojas, más abajo, Octubre de 1924. Es un trabajo escultórico meritorio; pronto cumplirá 86 años. Siendo lugar significativo del pueblo y por lo que simboliza, esta obra requiere atención, que se le restaure y se le rodee de rosas blancas, las predilectas del Maestro.      

Casi al marcharme recuerdo que en ocasiones escuché elogios acerca de un médico de la localidad. Decido ir a la esquina de la Antonio Maceo y la Calixto García… Sí, éste es  el lugar. En la pared de la casa situada al sureste del cruce de calles hay una placa con su nombre y su título profesional. En el portal, de pie, junto a la puerta de la vivienda, una señora me ve llegar. Viste de manera corriente, no es joven y no tiene maquillaje en el rostro, pero su presencia física, sus rasgos y su porte sereno y elegante obligan a imaginar que en su juventud debió ser muy bonita.      

En la parte frontal de la casa de la familia Iglesias-Espino, la placa del Doctor Julio Iglesias Vasallo. Foto del 2010.

La saludo y le digo quien soy, le hablo de mi esposa y su familia, quienes vivieron muchos años en el pueblo. Me dijo conocerlos y refirió su estimación por uno de mis cuñados, maestro de sus hijos en la escuela primaria. Le expreso la razón por la cual acudí hasta allí y le pido permiso para fotografiar la placa. Entonces me dice su nombre, que es la viuda del Doctor Julio Iglesias Vasallo, que podía hacer la foto; le agradezco y procedo. Conversamos un poco más. Mientras guardo la cámara en su estuche le manifiesto mi gratitud a la amable señora, me despido y le aseguro, como me lo pidió, saludar en su nombre al maestro de sus hijos. 

El camión en el que vine ya está frente al Correo, hay numerosas personas a su alrededor. Voy hacia allá. Escucho llamar a los pasajeros. Espero a que monten los que me anteceden. Cuando llega mi turno todavía hay sitio en los asientos; ocupo espacio a mitad del lateral derecho. Allí, sin contratiempos, hice un tranquilo viaje de regreso a Jovellanos. Todo salió bien. Estuve poco más de una hora, un rato en Carlos Rojas. 

* Cimarrones. Designación que ostentó Carlos Rojas hasta la primera década del siglo XX. También es el nombre del río que serpenteaba al sur de este pueblo y permanece seco desde hace tiempo.  Viene de la palabra “cimarrón”, empleada en Cuba para llamar al esclavo fugitivo que se escondía en los montes en busca de libertad.Ver en este blog el artículo: “Carlos Rojas: el más cercano y querido vecino.”